A veces lo único que se puede decir sobre un libro es que hay que leerlo. Aclaro que cuando en una crítica o reseña literaria leo adjetivos como imprescindible o esencial suelo pasar página inmediatamente. Tampoco es que me gusten esas listas tipo los n libros que hay que leer antes de morir -donde n oscila, generalmente, entre 100 y 1001-. Lo que hoy en día se considera esencial en la literatura suele tener mucho más que ver con las campañas publicitarias de las grandes editoriales que con la calidad literaria de las obras. Pero si vamos a lo que importa, a la literatura y a esas obras clave que cualquier lector vocacional leerá en un momento u otro de su vida, este relato merece estar entre ellas.lunes 24 de mayo de 2010
Bartleby, el escribiente
A veces lo único que se puede decir sobre un libro es que hay que leerlo. Aclaro que cuando en una crítica o reseña literaria leo adjetivos como imprescindible o esencial suelo pasar página inmediatamente. Tampoco es que me gusten esas listas tipo los n libros que hay que leer antes de morir -donde n oscila, generalmente, entre 100 y 1001-. Lo que hoy en día se considera esencial en la literatura suele tener mucho más que ver con las campañas publicitarias de las grandes editoriales que con la calidad literaria de las obras. Pero si vamos a lo que importa, a la literatura y a esas obras clave que cualquier lector vocacional leerá en un momento u otro de su vida, este relato merece estar entre ellas.viernes 14 de mayo de 2010
Territorio comanche

Arturo Pérez-Reverte guarda en su bagaje vital la experiencia de más de veinte años como periodista, como reportero de guerra, como enviado especial a los puntos más dispares del globo. Estuvo siempre presente, durante años, en los lugares más golpeados por la guerra, la barbarie y la muerte. Después de abandonar esa actividad comenzó una brillante carrera como novelista, que inició con obras como El maestro de esgrima o La tabla de Flandes, que no tenían mucho que ver con la guerra. Hasta que publicó Territorio comanche (Random House Mondadori).
Este libro, formalmente, es una novela, pero su contenido podría ser tanto ficción como fiel crónica periodística. Los personajes, empresas, guerras y pueblos que aparecen son de lo más real: compañeros de profesión del autor, periódicos, cadenas de televisión, y las guerras que sacudieron el mundo en el último cuarto del siglo XX, sobre todo la de los Balcanes. Que la historia concreta en la que se centra Territorio comanche sea el relato fiel de algo que sucedió realmente o sea mera invención poco importa. Los personajes que acaparan la atención en la novela son Barlés y Márquez, un reportero y un cámara que trabajan para Televisión Española, y que se encuentran cubriendo la Guerra de los Balcanes. Pocas horas antes de que se emita la segunda edición del telediario, ambos se encuentran apostados junto al puente de Bijelo Polje esperando poder captar con su cámara la voladura del mismo. Esperan un golpe de suerte, poder captar una imagen exclusiva y llegar a tiempo para que se vea en media España. Eso es lo que ocupa toda la novela, apenas unas horas de espera con la incertidumbre de si, finalmente, las tropas que combaten en las proximidades volarán el puente.
Pero no es esta la historia que Territorio comanche quiere contar. Barlés, Márquez y el puente son sólo la excusa, el escenario. En las horas que pasan junto al puente los protagonistas conversan, piensan y sobre todo recuerdan otras guerras, otros compañeros y otros combatientes. Ello permite a Pérez-Reverte hacer un recorrido por diferentes guerras, hablando tanto de los bandos enfrentados en cada una de ellas, como de los civiles que se encontraban a merced de los vaivenes del conflicto. Y le permite también trata el personaje múltiple, pero siempre el mismo, del reportero de guerra, una persona que no toma parte activa en el conflicto y que tampoco lo sufre pasivamente como los habitantes del país, que han tenido la desgracia de encontrarse en el campo de batalla, que no es otro que su hogar, su patria. El reportero de guerra va al foco del conflicto por su propia voluntad, se mete en la guerra para verla y contarla. Cuando tiene suerte vuelve, días o años más tarde, según la suerte y el estómago de cada uno, y completamente cambiado por lo que ha visto y vivido. Y los que no tienen tanta fortuna, simplemente mueren allí.
En Territorio comanche se afirma que la guerra, el horror, no se pueden contar, que no es posible transmitir de palabra las atrocidades, el sufrimiento que provoca la guerra. Y podría parecer contradictorio escribir una novela para lanzar ese mensaje. Pero no lo es. Territorio comanche no puede conseguir, como no puede hacerlo ningún otro libro, que el lector sienta los horrores de un soldado, o un civil que vive un conflicto bélico. La única manera de conseguir eso sería vivir el propio conflicto. Pero lo que sí consigue Reverte es mostrar el enorme abismo que media entre quien ha vivido la guerra y quien sólo la ha visto en pantalla a color, desde el cómodo sofá del salón. El lector del libro, el espectador de televisión, puede intuir el miedo, la barbarie y el dolor, pero no saber de ellos, Y eso queda en el lector de Territorio comanche como una carencia y, probablemente, como una culpa.
El autor aprovecha la novela para hablar de una profesión que conoce profundamente, de unos compañeros a los que, se nota, admira profundamente, y también de algunos otros a los que, por decirlo de una manera educada, no considera dignos de compartir el título de reportero de guerra. Amores y odios que se dan en todas las profesiones, pero que en esta tienen mucho que ver con tener o no el valor para jugarse el cuello, con querer vivir y contar la guerra o sólo salir en televisión para hablar de batallas con un bonito fondo de fuegos artificiales en segundo plano.
Pérez-Reverte tiene muy claro a cuál de estos grupos pertenecía, y por qué cree que merecía la pena hacerlo. Su libro no es una crónica de la guerra, sino el cómo y el porqué de una profesión que consiste en adentrarse en ella.
domingo 2 de mayo de 2010
El quinto día

El autor del que hoy os hablo es uno de esos espíritus inquietos que llevan su pasión a todos los ámbitos de su vida. Se licenció en Egiptología, pero su interés histórico no se centra en una civilización o una época concretas. La arqueología, las civilizaciones antiguas, los mitos y religiones le interesan por igual. Tras realizar un doctorado en Literatura Inglesa parece lógico que uniese su pasión por la historia con esa inquietud por la narrativa. Fruto de esa unión es el libro que hoy os comento.
El quito día (La Factoría de Ideas) comienza con un breve capítulo introductorio que aparece como algo ajeno a la trama que se empieza a desarrollar en las siguientes páginas. Esta introducción es tan breve que rápidamente se olvida cuando uno se adentra en la intrigante acción que se desarrolla durante la novela. Pero el lector vuelve a esa introducción, inevitablemente, cuando la novela ya va por las trescientas páginas. Es entonces cuando una relectura de las páginas iniciales nos da una nueva perspectiva de la historia, y comenzamos a entender realmente lo que se esconde tras El quinto día.
Explicaré lo mínimo acerca del argumento, ya que como es habitual en este género, cualquier exceso de información previa puede ser contraproducente. Thomas Kinight es un profesor de literatura inglesa que no está pasando por su mejor momento. Acaban de despedirle del centro en el que daba clases, y se intuye que ese es sólo el último de una serie de problemas personales que le atormentan desde hace años. En ese contexto un día recibe una llamada en la que le comunican una mala noticia: su hermano Ed ha muerto en Filipinas. Edward Knight era sacerdote. No mantenía contacto frecuente con su hermano Thomas, quien se sorprende de la noticia pero parece encajarla bien. Los dos hermanos no estaban muy unidos, pero aún así Thomas se desplaza hasta la iglesia en la que trabajaba habitualmente para echar un último vistazo a sus escasas pertenencias y, sobre todo, intentar obtener algo más de información sobre la razón por la que su hermano se encontraba en Filipinas cuando murió. Pronto se dará cuenta de que nadie está dispuesto a ayudarle a saber más. Hay personas, incluso, que parecen dispuestas a hacer lo que sea para evitar que Thomas descubra la verdad. Pero, la verdad, ¿sobre qué?
Cuando un desconocido entra en la que había sido la habitación de Ed y roba uno de sus objetos personales, Thomas comienza a sospechar que su hermano fue a Filipinas por algo más importante que el turismo o un retiro espiritual. Algunos indicios le llevan a pensar que su hermano se embarcó en una búsqueda, una investigación en la que seguramente encontró una verdad que alguien quiere mantener oculta. Pero no tiene ni idea de qué pudo ser. Thomas intentará al principio lograr ayuda acudiendo a la jerarquía eclesiástica, pero se topará con un silencio hermético. Solo el padre Jim, amigo y compañero de Ed, y el senador Devlin, que también le conocía, ofrecerán su colaboración a Thomas.
Thomas se convence de que algo grave hay tras la muerte de su hermano cuando es agredido por un desconocido que lo lanza, literalmente, a los leones. Será entonces cuando entienda que si quiere averiguar por qué murió su hermano deberá investigar por su cuenta y, sobre todo, vigilar siempre sus espaldas. Su investigación le llevará a viajar en primer lugar a Italia, a donde se digirió su hermano cuando comenzó su periplo. Parece que Ed iba en busca de los símbolos de los primeros cristianos, y que en la antigua Pompeya pudo haber encontrado algo al respecto. Nada, a priori, lo suficientemente importante para que alguien esté dispuesto a matar por ello. Thomas irá encontrando pistas sobre el viaje de su hermano, sobre sus descubrimientos y, poco a poco, sobre las razones que le pudieron llevar a la muerte. Tendrá que seguir viajando para cerrar todas las pistas, y tendrá que colaborar con diferentes personas que irá encontrando en su camino, entre ellas Kumi, su exmujer que ahora vive en Japón. Y siempre estará vigilado de cerca por una extraña versión de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, unas personas entrenadas para matar que siguen órdenes de un enigmático personaje que quiere detener a Thomas a toda costa.
El quinto día tiene una base histórica, pero es un libro de ficción. No abruma con cantidad de detalles sobre una época concreta del pasado. Se utiliza el cristianismo y sus primeros años como base argumental para una trama de investigación religiosa y científica, pero el eje de la novela es la acción pura, la intriga, el suspense y los giros sorprendentes que toman los acontecimientos en determinados momentos de la historia. Como en otras novelas del género, la capacidad deductiva del lector se pone a prueba constantemente. Algunos hechos se adivinan pronto, otros son una total sorpresa. Por supuesto, el lector más avispado será más difícil de sorprender, pero incluso el detective más sagaz se verá desbordado por la imaginación del autor y su maestría a la hora de dosificar la información para conseguir el efecto sorpresa sin dar la sensación de ser un autor tramposo. Justamente la moderación es lo que más destaca en este autor. Sabe llevar la narración a un tempo adecuado, lo suficientemente ágil como para mantener la atención constante del lector, pero dedicando las páginas necesarias cuando hay que describir hechos o conversaciones en detalle. El lector va encontrando respuestas a lo largo de la novela, sin tener que esperar al final para comenzar a comprender lo que sucede. Pero cada respuesta lleva a un nuevo enigma, con lo que el suspense está siempre asegurado.
En cuanto a la temática, El quinto día desarrolla un discurso sobre la religión y sus símbolos que nos lleva a reflexionar sobre la ortodoxia y los fundamentalismos. Lo que Ed descubrió, lo que Thomas, su hermano, intenta encontrar, es un hecho que podría parecer curioso, incluso interesante desde el punto de vista científico, pero nadie creería que valiese la vida de varias personas. Pero es, a la vez un símbolo religioso. Puede que tenga mucho valor en sí mismo, o puede que no. Pero lo símbolos, en religión, a veces cobran más importancia que la propia fe. Y hay quien llega a estar dispuesto a matar por un símbolo. Quizá dicho así nos parezca una afirmación demasiado gratuita. Pero si el autor ha construido una novela sobre este argumento no es por un exceso febril de imaginación. Hartley está constatando con El quinto día un hecho que nuestra sociedad ha tenido que reconocer de un tiempo a esta parte: que los fundamentalistas religiosos están dispuestos a matar hasta por una imagen.
Quien aún tenga dudas, que repase los hechos acaecidos en los últimos tiempos: Lars Vilks y sus caricaturas de Mahoma, o más recientemente, un capítulo de la serie South Park en el que el mismo personaje aparecía como un oso, son sólo algunos ejemplos. Después de considerar estos episodios, quizá El quinto día nos parezca una obra mucho más realista de lo que podríamos –y deberíamos- esperar.
