domingo 21 de febrero de 2010

Sólo tú puedes salvar a la humanidad

Ya os he hablado en otras ocasiones de Terry Pratchett, el veterano autor de novelas que mezclan humor y fantasía, pero hasta ahora siempre había sido para comentar libros de su saga de Mundodisco. El libro del que os hablo hoy no pertenece a esa amplísima serie, sino a otra mucho menos voluminosa y, hasta ahora, prácticamente desconocida en nuestro país: la saga de las aventuras de Johnny Maxwell. Desgraciadamente esta serie no ha podido escapar al maltrato que ha sufrido la obra de Pratchett a la hora de ser traducida al castellano. Sólo tú puedes salvar a la humanidad (Scyla Editores bajo el sello Timun Mas) es la primera de las tres novelas que tienen al pequeño Johnny como protagonista. Si la leéis y os acaba gustando, preparaos para la decepción. La segunda novela de la saga, Johnny and the dead, no cuenta aún con edición en castellano, aunque sí se puede disfrutar en nuestro idioma de la tercera -y por el momento última-, Johnny y la bomba.

En la novela que nos ocupa, Johnny Maxwell es una chaval que, como tantos otros, adora los videojuegos. Tiene un amigo, el Cojo, que le proporciona copias pirata de todas las novedades, y ahora le ha conseguido el juego del que todos hablan: Sólo tú puedes salvar a la humanidad. El juego parece otro típico mata-marcianos, pero lo que resulta incomprensible para Johnny es que al poco de estar jugando, los marcianitos dejan de luchar, y en la pantalla del ordenador aparece un desconcertante mensaje: "nos rendimos". Johnny empieza a sospechar que ocurre algo extraño cuando, al intentar jugar nuevas partidas, los marcianos no aparecen. No hay naves a las que atacar ni de las que defenderse. Además, otros jugadores que han comprado el juego empiezan a protestar masivamente por lo que creen que es una tomadura de pelo. Todos los jugadores, sin excepción, han visto cómo las pantallas del juego quedaban vacías, sin rastro de las naves alienígenas.

Pero Johnny va a estar poco tiempo sin enfrentarse al enemigo. En sus sueños se ve pilotando una nave y conversando con la capitana de los ScreeWee, la raza alienígena que ha desaparecido de la pantalla del juego. Son sueños demasiado reales, y por otra parte ningún jugador puede dar con los ScreeWee. Todo ello hace sospechar a Johnny que tal vez no se trate de un mero juego. Tal vez, una raza alienígena real está intentando evitar su destrucción a manos de miles de jugadores adolescentes que creen estar pasando un rato con un juego sin importancia. Johnny debe intentar descubrir si se está volviendo loco, o si realmente tiene en sus manos el destino de una raza de otra galaxia.

Sólo tú puedes salvar a la humanidad cuenta con el humor habitual de Terry Pratchett, pero ni mucho menos con el mismo grado de ironía y acidez con que escribe en la saga de Mundodisco. Las novelas de la serie de Johnny Maxwell parecen dirigidas a un público más joven y menos sagaz. En cualquier caso es una novela sencilla de leer, pero que seguramente sabrá a poco para los lectores que conozcan las novelas de Mundodisco. Es una pena que en una novela que, inevitablemente hace pensar en El juego de Ender, Pratchett no haya aprovechado ese filón para ironizar y hasta caricaturizar las novelas de ciencia-ficción.

En definitiva, si no sois muy exigentes y estáis dispuestos a conceder que Pratchett no es sinónimo de Mundodisco, podéis disfrutar con esta novela. Hay que decir en su favor que es una novela en cierta forma visionaria. Como ejemplo se puede citar el acierto que representa que, en 1992, momento en que se publicó la novela en inglés, Pratchett acertó a imaginar un juego global en el que todos los jugadores compartirían el mismo escenario en tiempo real.

sábado 13 de febrero de 2010

Obsesión

Alex Delaware es el personaje principal de más de una veintena de novelas escritas por Jonathan Kellerman, un consagrado autor especializado en intriga psicológica y tramas detectivescas. La característica diferencial en esta serie de novelas es que Delaware no es un policía o un detective privado, protagonistas habituales de este tipo de historias, sino un psicólogo que tiene su propia consulta pero que con frecuencia colabora con la policía. Este hecho da a esta serie una dimensión nueva, centrada en la personalidad, no sólo de los criminales, sino sobre todo de las víctimas.

Obsesión (La Factoría de Ideas) es una de las últimas novelas de la serie publicadas, y la última que ha aparecido en bolsillo en nuestro país. En ella Delaware se reencuentra con Tanya, una joven de diecinueve años a la que atendió en su consulta cuando era una niña. Pese a los años que han pasado, el psicólogo recuerda a aquella niña con trastorno obsesivo-compulsivo y a Patty, la mujer que la llevó a la consulta y que ejercía de madre, a pesar de que en realidad era su tía. Ahora Tanya acude al doctor Delaware para que le ayude a desentrañar un misterio. Patty ha muerto y ha dejado un inquietante mensaje a su hija. Sus últimas palabras parecían una confesión, y en ellas mencionaba la muerte de una persona cercana. A Tanya le obsesiona que su madre haya podido ocultar un terrible secreto durante los últimos años de su vida y quiere desentrañar el misterio que pueda esconderse tras las palabras de Patty. A partir de ese momento Delaware se servirá de sus contactos en la policía para poner en marcha una investigación.

La trama de Obsesión sigue las huellas de Patty escudriñando su pasado y recorriendo los lugares en los que vivió, y los posibles hechos delictivos en los que podría haberse visto involucrada. Pero la originalidad de la novela estriba en que no se parte de un asesinato que resolver. No se trata de averiguar qué delito cometió Patty sino de saber si realmente hizo algo reprobable o no. La incertidumbre pesa tanto sobre el lector como sobre la pobre Tanya, a quien su obsesión le hace reproducir los comportamientos compulsivos que la llevaron años atrás a la consulta del doctor Delaware. A medida que pasan las páginas de la novela se nos descubren personajes que se cruzaron en el pasado con las vidas de Tanya y Patty. Como en toda novela policíaca, aparecen asesinatos, pero la incógnita sigue siendo si Patty llego a tener relación con alguno de ellos.

La originalidad de la trama, el ritmo constante de avances en la investigación y la continua aparición de nuevos misterios logran lo que toda novela de intriga busca: que las más de cuatrocientas páginas de Obsesión pasen como una exhalación por las manos del lector. La novela se disfruta de principio a fin, y no ofrece tregua ni contiene capítulos tediosos de transición. La acción y la tensión son las constantes de Kellerman, y en esta novela ha logrado que absolutamente todas las páginas estén empapadas en ese elixir que le ha llevado a vender millones de libros durante más de dos décadas.

Un par de apuntes para terminar. Kellerman es un autor que da a sus libros un toque especial no sólo gracias a la importancia de la psicología en sus tramas. No voy a desvelar secretos, pero si queréis saber a qué me refiero, esperad a leer el último capítulo de Obsesión, y veréis que hay más de una forma de terminar una novela. El segundo apunte, lo dejaré en una sencilla adivinanza. Además de escritor, ¿sabéis cual es la otra profesión de Kellerman? Seguro que sí...

sábado 6 de febrero de 2010

Cuando éramos honrados mercenarios

Los libros pueden ser un divertimento, una evasión, compañía o cultura. Algunos, los buenos, son también una medicina. O un antídoto. La gran trampa de la sociedad actual, donde nos vemos envueltos por redes de datos, prensa, televisión, radio y charlatanes varios, es que nos sentimos tan informados que creemos tener una opinión sólida y bien fundamentada sobre cualquier tema, por peregrino que sea. Creemos saber todo lo que necesitamos saber, creemos tener razón en todo lo que pensamos y, lo peor de todo, pocas veces estamos dispuestos a cambiar de opinión, o a escuchar siquiera la de otro. Por eso, leer un libro como Cuando éramos honrados mercenarios (Arturo Pérez-Reverte, Alfaguara) puede ser un buen antídoto contra el fundamentalismo, y una medicina que ayude a nuestro intelecto a escuchar, razonar y ser lo suficientemente valientes como para plantearnos dudas sobre aquello en que creemos.
Es este, si no he perdido la cuenta, el cuarto volumen que recopila artículos de Pérez-Reverte. El conocido autor y periodista lleva más de quince años publicando una columna en un suplemento dominical. Si uno lee sus primeros artículos, recogidos en Patente de corso, encuentra algunas diferencias con los actuales. Se nota un mayor escepticismo, incluso más mala leche. El tiempo parece haber convencido a Pérez-Reverte de que algunos males de nuestra sociedad no van a poder ser erradicados, y eso le lleva a ser más radical e, incluso, lo que algunos llaman maleducado. Pero otras cosas no han cambiado. El autor sigue demostrando que para él no hay colores políticos, etiquetas ideológicas o doctrinas que valgan. Defiende sus ideas como Alatriste, a cara descubierta y con la espada -literaria, se entiende- en ristre. La suya es una opinión coherente e independiente, que no se cobija bajo siglas, logotipos o banderas. Por ello ataca con igual fiereza a políticos de uno y otro color, a nacionalistas de una u otra bandera, o a religiones de uno u otro dios.
Lo fascinante en una recopilación como esta, es que en un artículo uno puede identificarse totalmente con las ideas de Pérez-Reverte, y en el siguiente asombrarse y hasta indignarse ante una opinión absolutamente contraria a la nuestra. El autor reflexiona sobre la historia, la lengua, la literatura, pero también sobre el día a día, sobre la vida cotidiana de un macarra o un currante, sobre las vergüenzas de los políticos, y sobre la estupidez humana. Y dependiendo del tema que toque, uno puede asentir de manera entusiasta o negar con furia. Pero lo que uno no puede hacer,es dejar de leer. Porque aún cuando uno se pueda sentir ofendido -y no es difícil, dada la cantidad y calidad de epítetos que regala el autor-, la coherencia con que defiende su postura hace que se haga necesario seguir escuchando -leyendo, en este caso- con atención. Y es que defender una idea con valentía, sin tapujos, sin miedo a que siente mal, demuestra una integridad que siempre es admirable. Y cuando la sinceridad se alía con la coherencia, facilita el diálogo.
Mención aparte merece la calidad literaria de las páginas de este volumen. Cuando éramos honrados mercenarios es una pieza casi musical. Leer una prosa periodística de parecida calidad no es fácil en nuestros días. Asombra aún más que se pueda encontrar cada semana en un quiosco. La riqueza del léxico, la variedad de estilos, la genialidad incluso a la hora de insultar, y la ironía con que retuerce el lenguaje para convertirlo en un arma bien afilada, hacen de la lectura un placer adictivo. Si alguien tiene aún dudas sobre que un artículo periodístico pueda ser una obra literaria, le invito a que entre en una librería, tome un ejemplar de este libro, y lea el artículo titulado Atraco en Cádiz. Por sí sólo vale más que muchas de las novelas que se publican hoy en día.
El hecho de recopilar cuatro años de artículos en un sólo volumen tiene un efecto negativo, y es que los temas se repiten con demasiada asiduidad. A veces resulta molesta la insistencia del autor en algunas cuestiones. La lengua, el nacionalismo excluyente, el feminismo mal entendido, la desvergüenza de los políticos, son caballos de batalla que aparecen una y otra vez en los artículos de Pérez-Reverte. No hay que olvidar, para conservar la perspectiva, que los artículos que en este libro están a tres páginas de distancia, se publicaban con una semana de diferencia entre uno y otro. El condensarlos aquí puede dar cierta sensación de redundancia, pero también sirve para ver todos los matices que el autor es capaz de encontrar en un mismo tema.
Comparto algunas de las opiniones de Pérez-Reverte. Discrepo en otras muchas. Algunos de sus artículos llegan, incluso, a ofenderme ligeramente. Me da igual. Cuando éramos honrados mercenarios es uno de los libros con los que más he disfrutado últimamente. Y escuchar, de vez en cuando, opiniones que no nos gusten, puede hacernos pensar. Aunque uno no cambie de opinión, se enriquece escuchando a otros. El propio autor me brinda en bandeja el cierre de esta reseña. En su artículo Por qué van a ganar los malos cita esta célebre frase atribuida a Voltaire y que hoy hago mía: "No estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero lucharé hasta la muerte para que nadie le impida decirlo".