Myû es una enigmática mujer de casi cuarenta años y está casada, pero pasa mucho tiempo lejos de su marido. Se dedica a los negocios de importación y exportación. Surime es una chica de veintidós años, soñadora, sensible y rebelde, que quiere ser novelista. Cuando conoce a Myû se enamora perdidamente de ella. Y el narrador y protagonista de la novela -del que el lector no llega a saber el nombre-, es un joven profesor y el mejor amigo de Surime. Pero él está enamorado de ella, aunque sabe que ese amor no podrá materializarse jamás.Sputnik, mi amor (Haruki Murakami, Tusquets) gira en torno a estos tres personajes, tres voluntades, tres modos de ver y vivir la vida. Los tres coinciden en un lugar y un tiempo, pero en realidad nada les une, por lo que sus encuentros son realmente desencuentros. Son tres piezas que no encajan por más que lo intenten. Su infelicidad proviene de intentar encontrar en otros lo que saben a ciencia cierta que no les darán. Quizá, también, de no haber encontrado ellos mismos su lugar en el mundo.
Murakami crea con tres personajes y una trama sencilla pero muy bien urdida, una atmósfera intimista, donde desde el principio vemos a los protagonistas abocados al desencanto, a una vida incierta y nunca feliz, jamás plena. No es la primera novela en la que Murakami trata la soledad y la dificultad de alcanzar la felicidad, pero sí es en la que lo hace con mayor contundencia y concisión. Como en otras ocasiones, el recurso de la escritura en primera persona acerca al personaje del joven profesor, y permite al lector una identificación casi plena con él.
No faltan en Sputnik, mi amor, los elementos oníricos y fantásticos que en pequeñas dosis -como en esta novela-, o en generosas raciones -como en su última novela titulada El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas-, siempre están presentes en la obra de Murakami. En cuanto a la forma, no vamos a descubrir nada nuevo si hablamos de su excelente dominio de la técnica narrativa o de su uso del lenguaje, trabajado, cuidado al máximo pero sin excesos ornamentales. Los que conocéis a Murakami ya sabéis que trabaja cada página, cada párrafo y cada frase como si fuera, a la vez, un rico grabado y un sencillo haiku. Sí merece la pena mencionar, ya que a veces no se le da la importancia que merece, el excelente trabajo de traducción que han hecho aquí al alimón Lourdes Porta -una habitual ya de Murakami- y Junichi Matsuura.
Los incondicionales de Murakami no se sentirán defraudados con Sputnik, mi amor. Los que no hayáis leído nada de este autor, puede que os desconcierte que en una historia realista, perfectamente cotidiana, aparezca de repente un elemento onírico, un suceso fantástico o casi mágico. Sí, al principio es extraño, inquietante. Pero si se persevera acaba gustando, y mucho.

