viernes 14 de mayo de 2010

Territorio comanche

Arturo Pérez-Reverte guarda en su bagaje vital la experiencia de más de veinte años como periodista, como reportero de guerra, como enviado especial a los puntos más dispares del globo. Estuvo siempre presente, durante años, en los lugares más golpeados por la guerra, la barbarie y la muerte. Después de abandonar esa actividad comenzó una brillante carrera como novelista, que inició con obras como El maestro de esgrima o La tabla de Flandes, que no tenían mucho que ver con la guerra. Hasta que publicó Territorio comanche (Random House Mondadori).

Este libro, formalmente, es una novela, pero su contenido podría ser tanto ficción como fiel crónica periodística. Los personajes, empresas, guerras y pueblos que aparecen son de lo más real: compañeros de profesión del autor, periódicos, cadenas de televisión, y las guerras que sacudieron el mundo en el último cuarto del siglo XX, sobre todo la de los Balcanes. Que la historia concreta en la que se centra Territorio comanche sea el relato fiel de algo que sucedió realmente o sea mera invención poco importa. Los personajes que acaparan la atención en la novela son Barlés y Márquez, un reportero y un cámara que trabajan para Televisión Española, y que se encuentran cubriendo la Guerra de los Balcanes. Pocas horas antes de que se emita la segunda edición del telediario, ambos se encuentran apostados junto al puente de Bijelo Polje esperando poder captar con su cámara la voladura del mismo. Esperan un golpe de suerte, poder captar una imagen exclusiva y llegar a tiempo para que se vea en media España. Eso es lo que ocupa toda la novela, apenas unas horas de espera con la incertidumbre de si, finalmente, las tropas que combaten en las proximidades volarán el puente.

Pero no es esta la historia que Territorio comanche quiere contar. Barlés, Márquez y el puente son sólo la excusa, el escenario. En las horas que pasan junto al puente los protagonistas conversan, piensan y sobre todo recuerdan otras guerras, otros compañeros y otros combatientes. Ello permite a Pérez-Reverte hacer un recorrido por diferentes guerras, hablando tanto de los bandos enfrentados en cada una de ellas, como de los civiles que se encontraban a merced de los vaivenes del conflicto. Y le permite también trata el personaje múltiple, pero siempre el mismo, del reportero de guerra, una persona que no toma parte activa en el conflicto y que tampoco lo sufre pasivamente como los habitantes del país, que han tenido la desgracia de encontrarse en el campo de batalla, que no es otro que su hogar, su patria. El reportero de guerra va al foco del conflicto por su propia voluntad, se mete en la guerra para verla y contarla. Cuando tiene suerte vuelve, días o años más tarde, según la suerte y el estómago de cada uno, y completamente cambiado por lo que ha visto y vivido. Y los que no tienen tanta fortuna, simplemente mueren allí.

En Territorio comanche se afirma que la guerra, el horror, no se pueden contar, que no es posible transmitir de palabra las atrocidades, el sufrimiento que provoca la guerra. Y podría parecer contradictorio escribir una novela para lanzar ese mensaje. Pero no lo es. Territorio comanche no puede conseguir, como no puede hacerlo ningún otro libro, que el lector sienta los horrores de un soldado, o un civil que vive un conflicto bélico. La única manera de conseguir eso sería vivir el propio conflicto. Pero lo que sí consigue Reverte es mostrar el enorme abismo que media entre quien ha vivido la guerra y quien sólo la ha visto en pantalla a color, desde el cómodo sofá del salón. El lector del libro, el espectador de televisión, puede intuir el miedo, la barbarie y el dolor, pero no saber de ellos, Y eso queda en el lector de Territorio comanche como una carencia y, probablemente, como una culpa.

El autor aprovecha la novela para hablar de una profesión que conoce profundamente, de unos compañeros a los que, se nota, admira profundamente, y también de algunos otros a los que, por decirlo de una manera educada, no considera dignos de compartir el título de reportero de guerra. Amores y odios que se dan en todas las profesiones, pero que en esta tienen mucho que ver con tener o no el valor para jugarse el cuello, con querer vivir y contar la guerra o sólo salir en televisión para hablar de batallas con un bonito fondo de fuegos artificiales en segundo plano.

Pérez-Reverte tiene muy claro a cuál de estos grupos pertenecía, y por qué cree que merecía la pena hacerlo. Su libro no es una crónica de la guerra, sino el cómo y el porqué de una profesión que consiste en adentrarse en ella.