
El autor del que hoy os hablo es uno de esos espíritus inquietos que llevan su pasión a todos los ámbitos de su vida. Se licenció en Egiptología, pero su interés histórico no se centra en una civilización o una época concretas. La arqueología, las civilizaciones antiguas, los mitos y religiones le interesan por igual. Tras realizar un doctorado en Literatura Inglesa parece lógico que uniese su pasión por la historia con esa inquietud por la narrativa. Fruto de esa unión es el libro que hoy os comento.
El quito día (La Factoría de Ideas) comienza con un breve capítulo introductorio que aparece como algo ajeno a la trama que se empieza a desarrollar en las siguientes páginas. Esta introducción es tan breve que rápidamente se olvida cuando uno se adentra en la intrigante acción que se desarrolla durante la novela. Pero el lector vuelve a esa introducción, inevitablemente, cuando la novela ya va por las trescientas páginas. Es entonces cuando una relectura de las páginas iniciales nos da una nueva perspectiva de la historia, y comenzamos a entender realmente lo que se esconde tras El quinto día.
Explicaré lo mínimo acerca del argumento, ya que como es habitual en este género, cualquier exceso de información previa puede ser contraproducente. Thomas Kinight es un profesor de literatura inglesa que no está pasando por su mejor momento. Acaban de despedirle del centro en el que daba clases, y se intuye que ese es sólo el último de una serie de problemas personales que le atormentan desde hace años. En ese contexto un día recibe una llamada en la que le comunican una mala noticia: su hermano Ed ha muerto en Filipinas. Edward Knight era sacerdote. No mantenía contacto frecuente con su hermano Thomas, quien se sorprende de la noticia pero parece encajarla bien. Los dos hermanos no estaban muy unidos, pero aún así Thomas se desplaza hasta la iglesia en la que trabajaba habitualmente para echar un último vistazo a sus escasas pertenencias y, sobre todo, intentar obtener algo más de información sobre la razón por la que su hermano se encontraba en Filipinas cuando murió. Pronto se dará cuenta de que nadie está dispuesto a ayudarle a saber más. Hay personas, incluso, que parecen dispuestas a hacer lo que sea para evitar que Thomas descubra la verdad. Pero, la verdad, ¿sobre qué?
Cuando un desconocido entra en la que había sido la habitación de Ed y roba uno de sus objetos personales, Thomas comienza a sospechar que su hermano fue a Filipinas por algo más importante que el turismo o un retiro espiritual. Algunos indicios le llevan a pensar que su hermano se embarcó en una búsqueda, una investigación en la que seguramente encontró una verdad que alguien quiere mantener oculta. Pero no tiene ni idea de qué pudo ser. Thomas intentará al principio lograr ayuda acudiendo a la jerarquía eclesiástica, pero se topará con un silencio hermético. Solo el padre Jim, amigo y compañero de Ed, y el senador Devlin, que también le conocía, ofrecerán su colaboración a Thomas.
Thomas se convence de que algo grave hay tras la muerte de su hermano cuando es agredido por un desconocido que lo lanza, literalmente, a los leones. Será entonces cuando entienda que si quiere averiguar por qué murió su hermano deberá investigar por su cuenta y, sobre todo, vigilar siempre sus espaldas. Su investigación le llevará a viajar en primer lugar a Italia, a donde se digirió su hermano cuando comenzó su periplo. Parece que Ed iba en busca de los símbolos de los primeros cristianos, y que en la antigua Pompeya pudo haber encontrado algo al respecto. Nada, a priori, lo suficientemente importante para que alguien esté dispuesto a matar por ello. Thomas irá encontrando pistas sobre el viaje de su hermano, sobre sus descubrimientos y, poco a poco, sobre las razones que le pudieron llevar a la muerte. Tendrá que seguir viajando para cerrar todas las pistas, y tendrá que colaborar con diferentes personas que irá encontrando en su camino, entre ellas Kumi, su exmujer que ahora vive en Japón. Y siempre estará vigilado de cerca por una extraña versión de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, unas personas entrenadas para matar que siguen órdenes de un enigmático personaje que quiere detener a Thomas a toda costa.
El quinto día tiene una base histórica, pero es un libro de ficción. No abruma con cantidad de detalles sobre una época concreta del pasado. Se utiliza el cristianismo y sus primeros años como base argumental para una trama de investigación religiosa y científica, pero el eje de la novela es la acción pura, la intriga, el suspense y los giros sorprendentes que toman los acontecimientos en determinados momentos de la historia. Como en otras novelas del género, la capacidad deductiva del lector se pone a prueba constantemente. Algunos hechos se adivinan pronto, otros son una total sorpresa. Por supuesto, el lector más avispado será más difícil de sorprender, pero incluso el detective más sagaz se verá desbordado por la imaginación del autor y su maestría a la hora de dosificar la información para conseguir el efecto sorpresa sin dar la sensación de ser un autor tramposo. Justamente la moderación es lo que más destaca en este autor. Sabe llevar la narración a un tempo adecuado, lo suficientemente ágil como para mantener la atención constante del lector, pero dedicando las páginas necesarias cuando hay que describir hechos o conversaciones en detalle. El lector va encontrando respuestas a lo largo de la novela, sin tener que esperar al final para comenzar a comprender lo que sucede. Pero cada respuesta lleva a un nuevo enigma, con lo que el suspense está siempre asegurado.
En cuanto a la temática, El quinto día desarrolla un discurso sobre la religión y sus símbolos que nos lleva a reflexionar sobre la ortodoxia y los fundamentalismos. Lo que Ed descubrió, lo que Thomas, su hermano, intenta encontrar, es un hecho que podría parecer curioso, incluso interesante desde el punto de vista científico, pero nadie creería que valiese la vida de varias personas. Pero es, a la vez un símbolo religioso. Puede que tenga mucho valor en sí mismo, o puede que no. Pero lo símbolos, en religión, a veces cobran más importancia que la propia fe. Y hay quien llega a estar dispuesto a matar por un símbolo. Quizá dicho así nos parezca una afirmación demasiado gratuita. Pero si el autor ha construido una novela sobre este argumento no es por un exceso febril de imaginación. Hartley está constatando con El quinto día un hecho que nuestra sociedad ha tenido que reconocer de un tiempo a esta parte: que los fundamentalistas religiosos están dispuestos a matar hasta por una imagen.
Quien aún tenga dudas, que repase los hechos acaecidos en los últimos tiempos: Lars Vilks y sus caricaturas de Mahoma, o más recientemente, un capítulo de la serie South Park en el que el mismo personaje aparecía como un oso, son sólo algunos ejemplos. Después de considerar estos episodios, quizá El quinto día nos parezca una obra mucho más realista de lo que podríamos –y deberíamos- esperar.

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