domingo 11 de octubre de 2009

La señora de los laberintos

Existe un sub-género dentro de la literatura de ciencia-ficción que se conoce como hard -habitualmente se traduce como ciencia-ficción dura, pero sería más apropiado un término como estricta o consistente-. Si en la traducción del término hay opiniones para todos los gustos, también hay discrepancias en las características que deben cumplir las obras adscritas a este género. En la ciencia-ficción dura la ciencia y la tecnología juegan un papel crucial. Normalmente estas obras plantean un estado de la tecnología muy avanzado con respecto a la realidad, describen con minuciosidad aspectos como comunicaciones, informática, física o biología, y hacen que la trama dependa de manera inseparable de algunos de estos aspectos. Frente a obras de ciencia ficción más asequibles, en la que aparecen naves espaciales, robots, alienígenas o armas fantásticas, pero que no profundizan en sus orígenes ni intentan construir una base científica coherente, las obras hard implican un mayor esfuerzo, tanto por parte del autor como del lector.

La señora de los laberintos (Karl Schroeder, La Factoría de Ideas) entra sin duda en la categoría de hard, y no tanto porque el autor llene páginas y páginas con explicaciones técnicas, sino porque el fundamento de la novela, lo que le da razón de ser, es una tecnología muy concreta y que impregna la vida de los personajes de manera trascendental. La trama comienza en la corona Teven, una zona del espacio donde millones de personas se han establecido de manera permanente. Mediante una sofisticada tecnología se han creado innumerables realidades virtuales, llamadas colectores, que dependen de un sistema informatizado conocido como intrínseco. Gracias a esta tecnología cada persona vive en un mundo virtual determinado, que sólo comparte con una fracción del total de la población. Cada colector tiene su propia mitología, su propia cultura, e incluso su propio nivel tecnológico virtual que, paradójicamente, puede ser mucho menos avanzado del que realmente sustenta al propio colector. De hecho, este sistema de realidad virtual se basa en los bloqueos tecnológicos, que impiden a cada colector evolucionar más allá de los límites técnicos que lo definen. Y todas estas realidades virtuales se solapan en un mismo espacio físico. Aunque cientos de personas se hallen en el mismo lugar físicamente, cada una de ellas sólo percibe e interactúa con los que pertenecen a su propio colector. Además, existen barreras que impiden que una persona pueda pasar de un colector a otro. Pero hay excepciones.

Livia Kodaly es una de las pocas personas que puede cambiar de colector casi a voluntad. Es algo así como una embajadora entre mundos, y pertenece al pequeño grupo de personas encargadas de mantener una mínima interacción entre colectores. Su capacidad para viajar por las distintas realidades virtuales será la que le permitirá detectar que el sistema está empezando a fallar. Un buen día los bloqueos tecnológicos comienzan a no ser tan estrictos, y las fronteras entre colectores parecen debilitarse. De pronto personas y demás seres de un colector pueden invadir otro. Algunos colectores sufren ataques violentos, el pánico se apodera de la población, y todo el sistema parece venirse abajo. Y todo esto no parece una avería, sino un acto deliberado por parte de alguien o algo. Livia y algunos amigos se las arreglarán para escapar de la corona Teven, y así comenzará su particular odisea en la que intentará encontrar la causa que provocó el desastre, así como la manera de devolver la normalidad a su mundo. Pero en ese periplo también le asaltarán dudas. Livia se preguntará si realmente hay que salvar los colectores, o si es mejor dejar que todos perciban una única realidad. Al final, sólo buscará la respuesta a un pregunta: ¿qué es la realidad? O, mejor, ¿existe una única realidad?

Como ya he mencionado, esta novela requiere un plus de atención y esfuerzo por parte del lector. El elemento fundamental de la obra es una reflexión sobre aquello que llamamos realidad, y que no es más que lo que percibimos a través de la experiencia, de nuestros sentidos. Schroeder lleva la reflexión sobre nuestra concepción de la realidad a límites casi absolutos. La población de Teven vive una realidad simulada, pero es la única que percibe. Y lo más importante: es la única que quiere percibir. A lo largo de la novela se suceden las escenas de pánico cuando una persona deja de percibir su realidad virtual -por un fallo en el sistema, o por un ataque intencionado-, cuando la realidad física se revela ante ella de manera aterradora. La mayoría sólo quiere volver a su colector -a su burbuja-, aislándose del plano real, y creando su propia mentira, que se convertirá en su cómoda realidad.

Y es aquí donde la genialidad del autor nos deja a nosotros, los lectores, tan desnudos como a los protagonistas privados de su colector. Al captar el mensaje que encierra la profundidad de la novela, nos damos cuenta de que Schroeder nos obliga a salir de nuestro propio colector, a darnos cuenta de que nosotros también vivimos dentro de nuestra propia burbuja, nuestra propia falsa realidad. No importa a qué escala pensemos: el planeta, el país, nuestro barrio o nuestra propia familia. Siempre tenemos cerca la realidad -el hambre, el sufrimiento, la guerra-, pero somos asombrosamente hábiles construyendo una frontera entre esa realidad y nuestro propio mundo. Elegimos lo que queremos percibir y lo que no, y acabamos negando la realidad de todo aquello que nosotros mismos hemos dejado fuera de nuestro alcance cognitivo.

No suelo utilizar términos absolutos como obra maestra o autor de culto. Además, confieso que nunca antes había leído a Karl Schroeder. Pero el tremendo impacto que me causó la lectura de este libro y, sobre todo, la reflexión posterior, ha colocado a La señora de los laberintos como uno de mis libros favoritos de todos los tiempos, y me ha convertido en seguidor incondicional del autor. La novela también me ha obligado a leer con un ritmo mucho más lento del habitual, a volver atrás en muchas ocasiones -insisto en que requiere una atención absoluta-. Pero no ha sido de ninguna manera un esfuerzo malgastado. La recompensa por el esfuerzo es doble: por un lado, una historia sólida, épica, capaz de mantener el suspense hasta la última página; por otro un toque de atención que nos hace reconsiderar nuestra cómoda noción de la realidad.

domingo 4 de octubre de 2009

Estupor y temblores

Amélie Nothomb se retrata a sí misma en muchas de sus obras. Su pasado en Japón, y la peculiar y contradictoria relación de la autora con la cultura nipona planean en muchas de sus novelas, como ocurre en Estupor y temblores (Ed. Anagrama). En esta corta novela la protagonista es la misma Amélie, que con poco más de veinte años vuelve al Japón de su infancia para trabajar en la compañía Yumimoto. Con ese pretexto la autora urde una trama que le sirve para reflejar algunos de los elementos más característicos de la sociedad nipona.

Estupor y temblores es, ante todo, una radiografía de la vida laboral japonesa, de las grandes corporaciones perfectamente jerarquizadas en las que el escalafón, la interminable cadena de mando, es la pieza clave de la empresa. Jefes absurdamente autoritarios, órdenes sin sentido, empleados sumisos que acatan las órdenes ciegamente, son los ingredientes para obtener la empresa modélica. Durante su estancia en la empresa Amélie se verá relegada a trabajos absurdos que nada tienen que ver con sus capacidades, cada uno más degradante que el anterior, pero nadie, desde su superiora inmediata hasta el presidente de la empresa, harán nada por evitarlo.

Pero la novela de Nothomb no se detiene en el ámbito laboral. Va mucho más allá al radiografiar la sociedad nipona y tocar temas como el papel que en ella tiene la mujer o la consideración que merecen para los japoneses los que llegan de culturas occidentales. Y es este el tema que ofrece las mejores páginas de Estupor y temblores. La protagonista de la novela sufrirá toda clase de vejaciones por ser mujer. No es que la mujer tenga un papel secundario en la sociedad que retrata Nothomb; es que no puede jugar ningún papel. Le corresponde estar en un segundo plano y cumplir sus obligaciones a la perfección. Si lo hace, no tendrá ningún mérito, sólo habrá cumplido su estricta obligación, ahorrándose a sí misma y a su familia la vergüenza y el deshonor que se habría ganado de otro modo. Y si fracasa, nada podrá borrar su humillación salvo, quizás, el suicidio ritual. Amélie sufrirá las consecuencias de esta concepción de la mujer al ser humillada una y otra vez por sus jefes. Nadie le reconocerá lo que hace bien, pero los castigos por fallar la abocarán a trabajos denigrantes a los que ella se resignará, demostrando un carácter más fuerte del que se podría esperar de alguien tan joven. En nada ayudará a Amélie su procedencia belga. La cultura occidental, vista por los nipones con un rechazo casi xenófobo, será una mancha más en su historial. Como occidental que es, sus ideas parecerán siempre absurdas e indignas de una gran empresa nipona.

Estupor y temblores seguramente no es imparcial. No en vano es una narración en primera persona, desde la perspectiva única de su protagonista. Pero quizá por ello también sea tremendamente veraz. Y si bien es cierto que deben haber grados, y que las actitudes plasmadas en la novela tendrán matices diferentes, parece claro que la obra, al menos, dibuja fielmente los trazos bastos de una cultura para nosotros lejana. Puede que sea sólo un borrador, al que se le podrían añadir distintos colores e iluminaciones, pero la imagen final sería, irremediablemente, similar al esbozo previamente trazado.

Amélie Nothomb es una autora polémica, que no duda en dar una imagen inconformista y de enfant terrible en sus entrevistas y declaraciones. Pero su obra es, quizá precisamente por su carácter algo díscolo, franca y directa. Para bien y para mal, la autora no calla ni maquilla ninguna idea, lo que no hace sino aumentar el interés de sus novelas.