domingo 20 de septiembre de 2009

El canalla sentimental

A estas alturas no es ninguna novedad leer una novela de Jaime Bayly con referencias autobiográficas. En mayor o menor medida muchas de sus obras hablan de él, o de un personaje muy similar a él: periodista, presentador de televisión, escritor, viviendo a caballo entre Lima y Miami, entre el amor por las mujeres y los hombres, entre los placeres y las adicciones. La mayoría de sus novelas -desde aquella mítica No se lo digas a nadie, hasta Los amigos que perdí, pasando por la premiada La noche es virgen- presentan situaciones que el propio escritor ha vivido de cerca: la agitada vida nocturna de Lima, los cantos de sirena del sexo fácil y las drogas o las difíciles relaciones con la familia, agravadas por su condición de bisexual que nunca ha ocultado.

Entonces, ¿cuál es la novedad? ¿Es El canalla sentimental (Ed. Planeta) otra novela más con tintes autobiográficos? Yo diría que estamos ante la novela más autobiográfica, la más sincera y, quizá, la más madura. Esta vez parece que el autor haya querido escribir algo muy cercano a un diario, o unas memorias. Llamando a su protagonista Jaime Baylys parece dejar claro que esta es su obra más autobiográfica... aunque siempre deje un resquicio a la libertad para imaginar, algo que toda novela debe tener. Las referencias a su vida personal son innumerables: su ex-esposa, sus hijas, sus programas de televisión, sus novelas, sus padres... Todo aparece aquí como en su vida real. Y el encanto de la novela reside, precisamente, en esa tenue línea que separa la realidad de la ficción. El lector se ve tentado a creer que todo lo que lee es realidad. Y quizá sea así, pero quizá no. El autor ha escrito una novela, y aunque hable de sí mismo, de su vida y la de los que le rodean, nunca sabemos cuando está fabulando y cuándo está siendo fiel a la realidad.

La trama, si es que la novela la tiene, es la difícil relación que Jaime tiene con Martín, su novio argentino, y las dificultades de compaginar dicha relación con su trabajo en Miami y con su familia -su ex-mujer y sus hijas-. Jaime soporta los ataques de su ex-suegra, los arrebatos de celos de Martín, las broncas con su mujer y las reprimendas de su madre por su -según ella- escandalosa vida pública. Podría odiarlos a todos, pero los ama... a su manera. Y los escribe, quizá porque es su manera de amarlos. Aunque el propio autor se empeñe en asegurar que, precisamente cuando escribe, es cuando aparece el Jaime Bayly(s) más perverso. Con todo, no penséis que estamos ante una novela triste, de derrota personal y de pesimismo. Todo lo contrario. La narración tiene una enorme carga de ironía, momentos histriónicos y otros conmovedores. Con la misma ambigüedad que se nos anuncia en el título, navegamos entre los sentimientos más tiernos y los arrebatos de odio vengativo que llegan a propiciar momentos de un surrealismo insuperable.

Lo que es incuestionable es que esta novela refleja los cambios que el tiempo han obrado en Jaime Bayly. Al retratar a su alter ego en la novela se nos revela como una persona que no cree poder ganarse la vida como escritor, que realiza un trabajo en la televisión que no le gusta, pero que sigue ejerciendo por el dinero. Su carácter avinagrado, que asume sin presumir de él, el progresivo abandono de sí mismo -engorda, no cuida su aspecto ni su aseo personal, duerme cada vez más-, su indisimulado disgusto ante los fans que van a la caza de su autógrafo, son sólo algunos de los rasgos de su carácter que confiesa sin vergüenza ni arrepentimiento. En definitiva, estamos ante un Jaime Bayly(s) al que los años han convertido en una persona que busca placeres más sosegados y sencillos que en su juventud, que parece buscar cada vez más la soledad, el silencio y el aislamiento.

Quiero pensar que ya conocéis otras obras de Jaime Bayly. Si no es así, la mejor manera de descubrirlo es El canalla sentimental, donde se presenta a sí mismo sin tapujos ni maquillaje. Quizá escandalice a algunos, y tal vez llegue a despertar odio en otros, pero seguro que nadie permanecerá indiferente después de leerle.

viernes 11 de septiembre de 2009

Firmin

Antes de leer este libro tenía referencias de él muy dispares. Había leído críticas que lo encumbraban como una obra de arte y un verdadero homenaje a la literatura. Otras los tachaban de insufrible o sensiblero. Creo que ambos extremos son exagerados. Es cierto que en esta novela se hacen múltiples referencias a autores y obras clave en el panorama literario -sobre todo anglosajón-, y que el protagonista tiene una especial debilidad por los libros. Pero también se citan películas y piezas musicales que conforman el panorama cultural que rodea al protagonista. Todo ello es más el escenario de la novela que el tema principal. Por otro lado, también es verdad que a veces el protagonista se hace algo molesto, algo así como el repelente niño Vicente que todo lo sabe. Pero que el protagonista sea a ratos insufrible y a ratos sensiblero, no significa que la novela lo sea.

Firmin (San Savage, Ed. Seix Barral) es a la vez el título de esta novela y el nombre de su protagonista. Un protagonista que no es humano, sino una rata. Eso si, una rata muy especial. Criado desde su nacimiento en el almacén de una librería, Firmin se alimenta desde muy joven de los libros. Y cuando digo que se alimenta de libros, lo digo tanto en sentido figurado como literal. Porque si bien al principio los libros son devorados por sus dientes que no paran de roerlos, pronto es su cerebro el que comienza a asimilar el mensaje que encierran. Sorprendentemente Firmin aprende a leer, y comienza a comprender el lenguaje humano. Esto le convierte en un ser especial, pero lamentablemente también lo coloca en una situación difícil. Con unas capacidades que no corresponden a las de sus iguales, se verá condenado a permanecer en el margen entre dos mundos, el de las ratas y el de los humanos, ninguno de los cuales le aceptará completamente.

Para mí ese es el verdadero eje de la novela: la vida de un ser que no encaja en ningún lugar, que no es aceptado ni por las ratas, que le ven como un excéntrico, un raro, ni por los humanos, que no lo aceptan en su mundo. Los problemas de comprensión, los prejuicios, incluso la violencia contra el que es diferente, son los verdaderos ejes de una obra que lanza un mensaje para la reflexión. Un mensaje que pide apertura, comprensión y aceptación hacia la diferencia.

Complemento perfecto a este tema central es la situación de la librería en la que vive Firmin y su entorno. Sobre la zona en la que está ubicada la librería, un barrio antiguo, se cierne la amenaza del desahucio. Los nuevos planes urbanísticos tienen el barrio en su punto de mira, y tarde o temprano desaparecerán el cine, las tiendas, los bares, todo lo que conocen sus vecinos. En definitiva, lo que las excavadoras arrasarán no serán meros edificios, sino la vida de un puñado de personas que no conocen otra existencia.

Que el protagonista sea una rata en lugar de un humano, no resta credibilidad a la obra. Por el contrario, sirve para forzar situaciones que de otra manera habría sido imposible o muy difícil plantear. Pero los problemas de fondo que trata la novela no se ven alterados por la animalidad del personaje principal.

La opinión que se forma el lector cuando lee un libro depende muchas veces de sus expectativas al comenzar su lectura. Es habitual que si comenzamos un libro pensando que es una obra de arte sublime nos decepcione. Pero si abrís las páginas de Firmin pensando simplemente que se trata de una novela sobre las diferencias, sobre las actitudes ante ellas, y sobre la pertenencia a un grupo definido, sea una especie, una raza, un país o un barrio, creo que la novela os satisfará. De hecho, creo que os gustará mucho.

viernes 4 de septiembre de 2009

La ignorancia

Me parece curiosa la etimología de la palabra añoranza. El Diccionario de la Real Academia Española nos remite al término catalán enyorança. Cambiando de diccionario, y acudiendo ahora al del Grup Enciclopèdia Catalana, vemos que el verbo enyorar proviene del latín ignorare, es decir, ignorar, que tomó el sentido de 'ignorar dónde está alguien', para después adquirir el de 'echar de menos a alguien'. Es en esta identificación de la añoranza con la ignorancia en la que Milan Kundera encuentra el arranque y la justificación de esta novela. Y también su título.

La ignorancia de la que nos habla el autor es la del emigrante que, lejos de su país, de su gente, de su vida anterior, comienza a ser un extraño y, a la vez, un ignorante de su propia tierra. El exiliado ignora qué ocurre en su antigua casa, en su ciudad, en su familia. Pero, sobre todo, ignora qué habría sido de su vida si no hubiera elegido huir, quién sería ahora de su existencia si hubiera permanecido en el lugar que le vio nacer. De esa ignorancia surge el miedo a volver cuando las circunstancias permiten regresar al país de origen. Miedo, inseguridad, incerteza: nada hay más incierto que volver a un lugar del que ya no sabemos nada, y que no sabemos cómo nos acogerá. Por no saber, ni siquiera sabemos si nosotros seremos capaces de acoger de nuevo al que fue nuestro hogar.

En La ignorancia (Tusquets Editores) hay dos protagonistas. Irena huyó de Checoslovaquia cuando se produjo la ocupación rusa. Después de más de veinte años la situación ha cambiado, el régimen comunista ha caído e Irena podría regresara su país sin problemas. Pero ahora su vida está en París. Allí tiene a sus amistades, a su hija y a su pareja, Gustaf. El trabajo de Gustaf, sin embargo, le facilitará las cosas. Con oficinas y vivienda en París y en Praga, Irena podrá volver a su país de manera provisional, reencontrarse con su vida pasada y evaluar si está dispuesta a regresar definitivamente. Cuando Irena deje París, en el aeropuerto se encontrará con el otro protagonista de la obra, Josef, que como Irena dejó Checoslovaquia hace años, y como ella vuelve de manera provisional. Irena y Josef se habían conocido años atrás en Praga, y con esa excusa intentarán reencontrarse en esa ciudad. A lo largo de la novela asistimos a los intentos de Irena y de Josef por volver a conectar con sus familiares y con los que fueron sus amigos. Lo que deberían ser alegres reencuentros parecen situaciones forzadas, frías, que harán que los protagonistas se pregunten si están a tiempo de volver y, sobre todo, si realmente desean ese regreso.

La obra de Kundera reflexiona sobre las raíces, se pregunta a qué llamamos hogar o patria. Centra su mirada tanto en el emigrante como los que le rodean. El emigrante no sabe si pertenece a su país de origen o al que le acoge. Sus nuevos amigos, en su nuevo país, nunca lo considerarán como sus iguales. Su familia y antiguos amigos puede que le vieran como un desertor, como un cobarde o como un aventurero cuando se marchó. Si vuelve, quizá le vean como un fracasado, o simplemente como un extraño.

El placer de leer la escritura reposada de Kundera, sin sobresaltos y sin malabarismos argumentales, deja tiempo para la reflexión, para discutir con uno mismo los planteamientos que hace el autor sobre el fenómeno de la emigración. Una reflexión que en modo alguno acaba al terminar de leer la novela.