jueves 30 de julio de 2009

Divina providencia

Al principio me pareció arriesgado: ¿otro libro sobre vidas cruzadas, otro puñado de historias en las que ciertas casualidades casi imposibles enredan las vidas de unos desconocidos hasta unir sus destinos? Pese a mis reparos me decidí a leer Divina providencia (Valérie Tong Cuong, Ed. Salamandra), no sé demasiado bien porqué. Quizá por tratarse de una autora de la que no había leído nada anteriormente -mi sed de nuevas voces en el panorama literario nunca se calma-, o seguramente por las cinco primeras líneas de la contraportada, que es lo que me lleva a leer un libro en el 90% de los casos.

El hecho es que acerté con esta novela, porque pese a presentarse como una historia en la que convergen diversos personajes gracias al azar, contiene muchos más elementos, se mueve en el terreno del drama pero flirtea con otros como el thriller o la comedia negra. Incluso tiene algo de novela romántica, aunque me da a mi que la autora ha intentado camuflar esta faceta de su novela, quizá por el temor de que la pudiesen etiquetar de manera facilona.

Divina providencia nos va presentando personajes de manera paulatina. Marylou, secretaria de un jefe autoritario y maleducado, madre soltera de un niño de once años, teme perder su trabajo ya que lleva un gran retraso y le va a ser imposible entregar a su jefe unos documentos a tiempo para una importante reunión. Todo por culpa de un monumental atasco de tráfico, y después por un incidente en el metro, al parecer un suicidio. Por otro lado Albert, un arquitecto retirado, con una gran fortuna, y con un cáncer por el que seguramente no vivirá otro año, se dirige al notario para preparar su testamento. Prudence, una abogada muy competente pero a la que todos subestiman por su color de piel, está a punto de dimitir ante los abusos y desplantes de su socia. Tom, productor de cine, se plantea pedir matrimonio a la chica de la que está perdidamente enamorado. Todos estos personajes se verán involucrados unos con otros por una serie hechos que harán que sus vidas dependan entre sí estrechamente.

Lo que resulta sorprendente es que en una novela de apenas ciento cincuenta páginas, la autora sea capaz no sólo de presentar a los personajes principales, sino de relatar lo suficiente de la historia de cada uno de ellos como para comprender de dónde vienen, cómo han llegado hasta aquí, y el porqué de sus reacciones. Incluso se permite el lujo de ir introduciendo personajes secundarios, aunque no por ello prescindibles, que ayudan a redondear la historia. Pero lo que da cuerpo a la novela es la profundidad con la que se narra la situación de cada personaje, cómo se vive el drama personal de cada uno de ellos. Temas tan espinosos como una enfermedad terminal, la inminencia de la muerte, las rupturas y los abandonos sentimentales, el racismo o las relaciones entre padres e hijos se abordan no sólo con seriedad, sino también desde los diferentes puntos de vista que representa cada uno de los personajes.

Es cierto que puede parecer algo fantasioso que ocurran casualidades como las que sirven de enlace a las historias que cuenta esta novela, pero también lo es que se presentan como simples cadenas de causa y efecto. Seguramente lo que hace que la historia resulte poco creíble no es lo que en ella ocurre, sino que lleguemos a ver con claridad cuál ha sido la cadena de acontecimientos que ha provocado que un hecho suceda a otro. Quizá en la vida real ocurren sucesos tan extraños e inverosímiles como los que narra la autora, pero gracias a que casi nunca vemos las conexiones entre ellos, nos parecen mucho más cotidianos y creíbles. Ese es el mensaje que puede extraerse de la novela. Si alguien cree que controla su vida, que sabe exactamente lo que le ocurre y por qué le ocurre, quizá cambie de opinión cuando lea esta novela. Después de ver cómo cambia la vida de cada personaje por unas pequeñas coincidencias, es inevitable pensar en la fragilidad de la existencia, en lo fácil que resulta que una vida dé un brusco giro en una u otra dirección. La Divina providencia, el destino, el azar, o como le queramos llamar, tal vez no sea más que las pequeñas casualidades de la vida, encadenadas unas con otras.

Valérie Tong Cuong aún no es muy conocida en nuestro país, pero goza de un gran prestigio en Francia, y tiene ya media docena de novelas publicadas en ese país. Y creo que, a poco que las editoriales se decidan a traducir sus obras, aquí también gozará pronto del favor de miles de lectores.

sábado 18 de julio de 2009

¿Quién quiere ser millonario?

Cuando un libro narra la infancia y adolescencia de un indio pobre y huérfano, sólo se puede esperar una novela triste, dura de leer y difícil de digerir. Por eso es una sorpresa que, contra todo pronóstico, la lectura de la historia de Rama Mahoma Thomas sea una experiencia tan estimulante, jovial y optimista. Pese a los abusos que sufre Rama, las desgracias que se suceden a su alrededor, las injusticias, burlas y reveses del destino que debe soportar, hay algo en esta historia que rezuma optimismo y lanza un claro mensaje sobre lo que es verdaderamente importante en la vida.

Vikas Swarup, un abogado y diplomático indio, debutó como novelista con ¿Quién quiere ser millonario? (Ed. Anagrama). Su estreno en el mundo literario no podía ser mejor, porque se trata de una novela prácticamente perfecta, tanto en contenido como en estructura. La historia arranca con Rama, un joven camarero de dieciocho años, detenido en una comisaría. Su delito: haber ganado una fabulosa cantidad de dinero en un concurso de televisión. Los productores del programa (similar al formato del "50x15") sospechan que Rama hizo algún tipo de trampa, y la policía tiene la misma sospecha. Nadie está dispuesto a creer que un huérfano, pobre, sin estudios, pueda haber respondido correctamente a doce preguntas, alguna de ellas realmente complicada. Cuando una abogada consigue sacar a Rama de la comisaría para preparar su defensa, el joven tiene que convencerla de que realmente conocía las respuestas que dio en el concurso, y para ello narrará en forma retrospectiva fragmentos de su vida, uno por cada pregunta.

Como ya he comentado, la vida de Rama no es fácil. La novela contiene pasajes realmente duros, aunque no más que la vida real de cualquiera de los millones de niños indios que sufren pobreza, enfermedades y abusos. No hay que olvidar que, pese a tratarse de una novela de ficción, el autor no es quien ha inventado la prostitución infantil, la violencia en las calles, la mendicidad organizada por las mafias y, en general, los abusos indiscriminados que sufre el sector más indefenso de la sociedad. Pero pese a todo, Rama parece un joven feliz. Frente a tanta adversidad, la suya es una actitud que no por común deja de ser sorprendente en la sociedad india: el optimismo y la sonrisa siempre salen a flote a pesar de las dificultades. Rama siempre sigue adelante, siempre cree en el futuro. El hambre, el dolor y la muerte los sufre y llora en su momento, pero cinco minutos después es capaz de volver a sonreír. Porque él cree en la vida, y su sentido de la amistad y del amor son más fuertes que todas las desgracias que le puedan suceder.

En ¿Quien quiere ser millonario? casi nada es lo que parece. Aunque el protagonista sea un pobre que ha ganado un gran premio, esta novela no trata del dinero, de si se es más feliz siendo rico o pobre. En realidad sólo trata de lo que una persona es capaz de ser y hacer, y de lo poco que tiene que ver eso con su situación económica.

La novela presenta una estructura fragmentada, en la que episodios de la infancia se alternan con otros actuales, o de la adolescencia, sin solución de continuidad. El autor aprovecha el recurso del programa concurso para crear prácticamente doce relatos aislados. Ciertamente, son doce cuentos que podrían haberse publicado por separado, y que funcionarían perfectamente sin necesidad de una trama aglutinadora. En algunos Rama es el protagonista, mientras que en otros es un mero espectador. Pero la novela es mucho más que la suma de sus capítulos, porque Swarup ha sabido tejer un entramado entre los diferentes episodios, de manera que el lector puede reconstruir la experiencia vital de Rama. Y todo ello sin renunciar a un ligero toque de suspense, pues es inevitable que el lector quede atrapado por la historia de este joven, y que quiera averiguar si finalmente podrá obtener el premio que ha ganado en el concurso. Tampoco renuncia Swarup a la sorpresa, al guiño. Y, sobre todo, a lo que no renuncia el autor es a reivindicar los verdaderos valores de la vida frente a la fragilidad de lo material.

Confieso que soy un lector voraz, y que es fácil que un libro me atrape, pero con ¿Quien quiere ser millonario? he sufrido una verdadera adicción, que me ha llevado a devorarlo en apenas tres días. Recuerdo pocas historias que se hayan publicado en los últimos años que sean tan atractivas como la que nos regaló Swarup con su debut literario. Ojalá le sigan muchas otras.

lunes 6 de julio de 2009

Cuentos de adúlteros desorientados

Cuando los maestros hablan -o escriben un libro- sería mejor que los demás callásemos. Yo callado no sé estar, pero ante libros como los de Millás suelo tener muy poco que decir. En realidad, sólo se me ocurre un imperativo que no es una orden, sino un ruego: ¡leedlos!

El autor nos indica en la introducción de Cuentos de adúlteros desorientados (Juan José Millás, DeBOLS!LLO) que este compendio de relatos se ha confeccionado reuniendo varios cuentos que ya vieron la luz en el volumen Cuentos (Plaza & Janés) más otros que fueron publicados en diferentes periódicos y revistas. Los más de veinte cuentos reunidos en esta obra tienen en común, además de su brevedad, la temática que el título deja bien claro: el adúltero. Y hay que remarcar que el protagonista es el adúltero, y no el adulterio. Millás no hace con estos relatos el menor intento por moralizar sobre la infidelidad conyugal, pues no en vano el autor ha sabido siempre cuál es el sitio del narrador. Lo que consigue con sus relatos es llevarnos al pensamiento del adúltero, a entrar en su mundo interior y desvelarnos su cotidianidad.

En los relatos de este libro encontramos adúlteros vocacionales, adúlteros por rutina, adúlteros arrepentidos, adúlteros por adicción, y hasta adúlteros muertos. Todos ellos viven o han vivido el adulterio como un elemento más de sus vidas, casi como un oficio. Y como tal, el adulterio no es para ellos casi nunca una maravillosa aventura, sino más bien una rutina que les provoca más sinsabores que alegrías. Al margen de cualquier consideración ética, al final sentimos por los adúlteros de estos relatos una suerte de afecto, casi compasión por la carga que les supone su infidelidad conyugal. Al acabar cada relato estamos tentados de preguntarnos si, moral aparte, merece la pena tanto esfuerzo para tan pocas satisfacciones.

No faltan en estos relatos algunos de los elementos a que nos tiene acostumbrados Millás: la ironía amarga (Confusión, El infierno) o las gotas de ácido humor (Pasiones venéreas, ¿Somos felices?). Cada relato es a la vez una pieza única y una pequeña tesela en el mosaico de una antología original y atrevida.

Si estáis preparando libros para llevar con vosotros en vacaciones, este libro de Millás es una buena elección. Pero si queréis disfrutar de verdad con él, dosificadlo como el mejor de los perfumes. Si no, corréis el riesgo de quedaros sin libro en apenas una hora. Y, creedme, cuando se os acaben los Cuentos de adúlteros desorientados sentiréis una desazón que recuerda vagamente a un síndrome de abstinencia.