jueves 30 de abril de 2009

La caja del mal

Suele decirse que El código Da Vinci, de Dan Brown, creó su propio género dentro de la novela. En realidad no fue así, ya que anteriormente ya existían obras pseudo-históricas que mezclan elementos de la historia real con supuestos descubrimientos que arrojan nueva luz a los hechos, todo ello aderezado con una trama de intriga en la que los buenos deben desentrañar las pistas y misterios que encuentren en su camino, mientras que los malos no dudan en hacer lo que sea –preferiblemente matarlos- para evitar que los buenos consigan su objetivo. Lo que no se puede discutir es que la novela de Dan Brown popularizó enormemente este tipo de obras, y que la industria editorial se ha volcado con este género desde entonces.

La caja del mal (Martin Langfield, La factoría de ideas) es un ejemplo perfecto de este tipo de literatura. Tiene un elemento histórico de base: la vida de Isaac Newton, famoso científico del siglo XVII. Apunta una hipótesis pseudo-histórica sobre el personaje histórico: con la base real de su dedicación a la alquimia –que ha sido documentada por otros autores e historiadores- supone el descubrimiento real de la piedra filosofal. El papel de los buenos es liderado por Robert Reckliss, que vivirá esta trama como un camino iniciático, y el de los malos por una oscura organización, llamada Iwnw. Pero tiene muchas más cosas que la hacen original y diferente a otras obras del mismo género.

En La caja del mal hay una amenaza latente durante toda la trama. Existe un arma, un artefacto terrible capaz de provocar una devastación sin precedentes. Se trata de una caja del mal, un artefacto que tiene que ver con los supuestos descubrimientos que Newton realizó fruto de sus trabajos en el terreno de la alquimia. Un incendio de su laboratorio habría destruido toda la documentación referente a este hallazgo, pero unos documentos salvados milagrosamente y conservados durante siglos habrían permitido recuperar esos conocimientos que han dado su fruto en un arma capaz de aniquilar millones de vidas de una manera mucho más efectiva que un artefacto atómico. Esta caja del mal se encuentra escondida en algún lugar de Nueva York. En otros puntos de la ciudad se encuentran las siete llaves que son necesarias para ponerla en funcionamiento. Este es el punto de partida para una carrera frenética entre el protagonista de la novela, que deberá seguir una serie de pistas para llegar a las llaves, y los miembros de la Iwnw que intentarán conseguirlas para activar el arma. A Robert le acompañarán y ayudarán otros personajes, como Katherine, su mujer, o Terri, un enigmático personaje que conocerá al inicio de esta epopeya. Uno de los aciertos del autor es la inclusión de Adam, un personaje que Robert y su mujer conocieron en su juventud, y que es un gran amigo de ambos. Adam ha sido abducido por la Iwnw, por lo que durante la novela le veremos debatirse entre su fidelidad a Robert y el irresistible poder que está ejerciendo sobre él la oscura organización. Gracias a este elemento clave la tensión se mantiene página tras página: las acciones de Adam son imprevisibles, y nunca sabemos si van a ayudar a Robert o le van a hacer caer en una trampa.

Otro rasgo característico de La caja del mal es el cuidado que ha tenido Langfield a la hora de crear los antecedentes de la historia. En este tipo de novelas, donde se busca enganchar al lector con una acción trepidante desde la primera página, es de agradecer que el autor asuma el riesgo de dedicar casi cien páginas a una introducción en la que conoceremos el pasado de los personajes implicados, el nacimiento de los vínculos entre ellos y cómo han desembocado en la situación actual. Esta primera parte de la novela evita que los personajes parezcan marionetas vacías de motivaciones, y ofrecen al lector las claves para conocer el porqué de cada acción y cada decisión que toman. Después la acción se desarrollará a un ritmo frenético en la segunda parte de la novela –la más voluminosa- donde cualquier cantidad de páginas nos parecería escasa, ya que la sucesión de pistas, investigaciones, peleas y huidas a ritmo casi cinematográfico hace que el lector devore página tras página a velocidad de vértigo. La tercera y última parte nos llevará al enfrentamiento final entre las dos facciones enfrentadas por el terrible arma. 

La caja del mal no defraudará a los amantes de la intriga, lo esotérico, la acción y la ficción especulativa. Para los lectores más activos será emocionante intentar desentrañar los acertijos y enigmas que se van planteando a lo largo de la obra. Las horas de entretenimiento que ofrece esta novela se pueden multiplicar si decidís seguir los pasos del protagonista por la ciudad de Nueva York con planos o servicios como Google Maps. Es evidente el conocimiento que tiene Langfield de la geografía de esta ciudad, y la fascinación que le provoca. Los más pequeños detalles de calles, edificios y monumentos están perfectamente descritos, lo que añade un especial atractivo a la historia.

La caja del mal ha sido la carta de presentación de Langfield en el panorama literario. Es pronto para decir si se convertirá en un autor de culto, pero prometo estar atento y comentaros aquí la aparición de su próxima novela, que ya está preparando, porque su debut me hace augurarle un futuro prometedor.

viernes 17 de abril de 2009

Fantasmas de papel

De vez en cuando uno se topa con un libro diferente. Quizá no engancha como otros libros de éxito, tal vez es más difícil de leer, puede que reclame más atención que otros, pero definitivamente es diferente. Y mejor. Eso es lo que me ha pasado con este libro de Somoza. No es un libro sencillo -o sea, facilón-, y requiere participación activa del lector, pero su lectura me ha resultado tan gratificante que me veo obligado a convenceros de sus bondades. Porque tengo claro que es, también, uno de esos libros que corre el peligro de ser abandonado a las pocas páginas por los lectores pusilánimes o perezosos. Pero os aseguro que merece la pena seguirlo hasta el final.

Fantasmas de papel  (José Carlos Somoza, Random House Mondadori) es un libro que recopila catorce relatos de difícil clasificación. No hay un género común, aunque predomina la introspección, la búsqueda de las motivaciones, miedos y frustraciones del género humano, todo ello cubierto por un fino barniz de surrealismo. Son historias en apariencia banales, pero que encierran laberintos psicológicos difíciles de recorrer. Si tuviera que aventurarme a clasificar la mayoría de los relatos, hablaría de historias de terror. Pero no me malinterpretéis: no hablo el terror de monstruos, asesinos o catástrofes, sino de un terror cotidiano, familiar, que proviene de atisbar la verdad de que hay en cada uno de nosotros.

Los relatos de este volumen están agrupados en tres bloques. El primero de ellos lo componen cuatro historias protagonizadas por el doctor Palomares. Este médico, ya jubilado y que sufre una ceguera total, sigue siendo consultado por amigos y conocidos. Pero sus diagnósticos van más allá del cuerpo del paciente. Tal vez a causa de su ceguera, Palomares ve más allá de lo somático, y diagnostica -lo que no significa que pueda sanar- los males que aquejan la psique, el alma, o como queramos llamar a la consciencia que habita en el cuerpo del paciente.

El segundo bloque reune siete historias sin aparente relación entre ellas. Es en estas donde encontramos la muestra más clara de un surrealismo que no deja de aparecer en el resto de historias. estaca en este aspecto el relato Carta a Frank Kafka, un auténtico prodigio tanto por el uso literario del lenguaje, remedo de la jerga burocrática más rancia, como por la ironía con que se nos presenta una petición, en apariencia, un tanto absurda.

Los tres relatos con los que se cierra el volumen son tres historias enlazadas, con aspectos y personajes comunes, sobre tres misteriosas desapariciones. De nuevo, no hay que tomar el concepto de desaparición en su literalidad. Una persona puede desaparecer físicamente, o permanecer ausente mientras sigue rodeado de los suyos.

Lamento no poder daros más detalles sobre cada relato concreto, pero sería un crimen explicaros cada una de las historias. Es en su lectura, personal, interpretativa, donde cada uno debe encontrar el significado individual de la historia. Seguramente lectores diferentes interpretarán estos cuentos de maneras distintas, lo que constituye otro motivo más para considerar este libro como una muy recomendable lectura.

Si queréis experimentar algo novedoso, fresco, diferente, si estáis cansados de la literatura de supermercado, la obra de Somoza seguro que os sorprende. Dadle una oportunidad y no os arrepentiréis.

viernes 3 de abril de 2009

Pirómides

En esta séptima entrega de la saga de Mundodisco el autor vuelve a construir una historia fantástica con su peculiar humor y una mordacidad que no conoce límites. A los que no conozcáis esta serie, os remito a los comentarios que publiqué anteriormente sobre los volúmenes precedentes: Rechicero y Brujerías. Quienes ya seáis asiduos a la saga, no os llevaréis ninguna sorpresa con Pirómides (Terry Pratchett, Random House Mondadori). O mejor dicho: puede que os llevéis una agradable sorpresa. 

Sería impensable que un libro de Mundodisco dejase de lado la magia, la hechicería, y todo aquello que ha definido siempre la saga. De hecho en Pirómides aparecen estos elementos, pero de una manera secundaria, de manera que la saga parece tomar un nuevo camino. Pero en cuanto a fina ironía, situaciones absurdamente divertidas y crítica despiadada de la sociedad actual, esta novela es una digna continuadora de la serie.

En esta ocasión la acción se sitúa en Djelibeibi, un reino de Mundodisco regido por el faraón Tepiccamón XXVII y que se encuentra en una difícil situación. A las difíciles condiciones de vida que impone el clima desértico, se une una ruina económica provocada por milenios de estancamiento tecnológico, unido al importante derroche que supone el mantenimiento de las pirámides que son orgullo de la nación. En este trasunto de Egipto, el joven heredero Teppic decide que debe ayudar a la economía familiar. Para ello cree lo más conveniente viajar hasta la ciudad de Ankh-Morpork -algo así como la capital del planeta- para estudiar e intentar ingresar en el selecto Gremio de Asesinos. Al fin y al cabo la profesión de asesino está, en este loco mundo, bien valorada y mejor pagada. Pero poco después de aprobar con éxito su examen, Teppic recibirá una mala noticia: su padre, el faraón, ha muerto.

Teppic se verá obligado a regresar a su reino, y allí comenzarán a asaltarle dudas de todo tipo. ¿Debe seguir derrochando un dinero que no tiene en mantener las tradiciones de su reino? ¿Debe continuar gastando en pirámides, embalsamamientos y ceremonias rituales? ¿O, por el contrario, debería introducir cambios radicales en su estilo de vida y centrarse en mejorar las condiciones de vida de sus súbditos, comenzando con algo tan básico como la fontanería? Al principio sus tímidos intentos de cambiar las cosas no darán frutos, pero un hecho inesperado le obligará a ser un poco más decidido a la hora de tomar decisiones.

No es la primera vez que Pratchett utiliza su saga de Mundodisco para hablar de tradiciones en general y de religión en particular. Pero en Pirómides se dedica casi exclusivamente a estos dos temas. Con una ironía que no hace más que subrayar lo evidente, Pratchett nos hace ver cómo en nombre de las tradiciones podemos estar dispuestos a rechazar avances científicos y tecnológicos, o a gastar sumas increíbles de dinero en perpetuar ritos ancestrales. Leer Pirómides provoca en el lector -sea cual sea su ideología- un estremecimiento al ver en el libro un reflejo de la sociedad en la que vivimos. El libro es una metáfora magnífica de las consecuencias funestas a las que puede llevar el cualquier integrismo, y es además una magnífica lectura que proporciona horas de placer y sonrisas. 

Si no conocéis Mundodisco, lo ideal sería que comenzaseis a leer la saga desde su primera entrega: El color de la magia. Pero dadas las características de la serie, no tendréis ninguna dificultad si os decidís a conocer este fantástico mundo comenzando por Pirómides. He leído muchas obras de este autor, pero hasta ahora no creo haber leído nada mejor que esta novela que hoy os comento. No sólo la devoré en apenas cuatro días, sino que se ha quedado instalada en mi cabeza y me obliga a volver sobre ella una y otra vez. Los buenos libros son así: tozudos y persistentes.