viernes 27 de febrero de 2009

Desgraciadamente Philip K. Dick ha muerto

Cuando hablamos de un libro solemos apresurarnos con demasiada frecuencia a catalogarlo dentro de un determinado género: una novela negra, una historia de fantasía, un relato picaresco... Lo cierto es que hay muchas obras que admiten ser etiquetadas de una manera sencilla y simplista. En cambio hay obras que se resisten a encajar en un determinado cliché, y exceden el ámbito de cualquier género en el que las queramos encasillar.

Flaco favor le haríamos a esta brillante novela si tratásemos de catalogarla dentro de un género determinado. Lo cierto es que por sus características se podría hablar de ella como novela de ciencia-ficción. En la novela aparece un muerto que regresa a la vida en un cuerpo resucitado, realidades paralelas, y una base lunar en las que trabajan unas cincuenta personas de manera permanente. También se puede definir como thriller político: personajes subversivos que son amenazados y perseguidos por un poder opresor, omnipresente y dictatorial. Es también una ucronía, un relato con elementos históricos narrados no como sucedieron, sino como podrían haber sucedido en un mundo alternativo: Nixon es presidente de los Estados Unidos, se encuentra en su cuarto mandato, y ha conseguido una gran victoria barriendo Corea del Norte y convirtiendo a los coreanos en leales súbditos americanos.

Ciencia-ficción, drama, ucronía, thriller... Esta novela es todo eso, y sin embargo ninguna de esas etiquetas puede definirla, porque la unión de todos estos elementos hace de esta novela un género propio.

Desgraciadamente Philip K. Dick ha muerto (Michael Bishop, La Factoría de Ideas) comienza presentándonos a sus dos protagonistas principales. Cal Pickford es un vaquero que se ha visto obligado a trabajar en una tienda de mascotas. Cuando lee la noticia de que el famoso escritor Philip K. Dick ha muerto, parte de su mundo se desmorona. Su mujer, Lia Pickford, intenta sacar adelante su recién inaugurada consulta psicológica, sin demasiado éxito. Hasta que un día recibe la visita de un extraño hombre que dice haber perdido la memoria. Este resultará ser Philip K. Dick, que de algún modo ha regresado a la vida... o a un cierto modo de vida.
A partir de aquí iremos conociendo el entorno de los dos personajes principales, y otros personajes relevantes, como el señor Kemmings, dueño de la tienda de mascotas donde trabaja Cal, Lone Boy, un coreano vendedor de libros, o la inquietante Grace Rinehart una famosa actriz esposa del ministro de agricultura.

A medida que la trama va avanzando, conocemos poco a poco la realidad en la que se mueven los personajes. La novela retrata una América dominada por el férreo poder de su presidente, Nixon, que ha conseguido romper el límite constitucional de los dos mandatos y ya va por el cuarto. Los derechos civiles están seriamente recortados y se persigue sin piedad a todo aquel que es considerado subversivo por el estado. En un mundo que recuerda vagamente al de la novela 1984, cualquiera puede ser espiado y condenado por una simple frase desafortunada. Existe una férrea censura. Muchos libros están prohibidos, y circulan versiones manuscritas de mano en mano entre los que se oponen al sistema. La situación no es exacta a la retratada en Fahrenheit 451, pero sin duda se le parece.

No queremos desvelar más detalles. La lectura de esta novela de Bishop es un continuo goteo de sorpresas que van dibujando un panorama desolador. Cuanta más información tenemos, más aterradora es la sociedad que nos muestra el autor.

No hemos citado gratuitamente las obras de Orwell y Bradbury. La de Bishop que os hemos presentado aquí es tan adictiva, profunda y elaborada como aquellas. Al menos a mí se me hicieron muy cortas sus trescientas páginas. 

No quiero terminar sin mencionar el hecho de que la novela plantea muchos guiños que sólo entenderán los que conozcan la obra literaria de Philip K. Dick. A sus lectores habituales se les dibujará, sin duda, una sonrisa cuando lean algunos de los títulos que este autor escribe en la realidad alternativa de Bishop. Yubiq o ¿Sueñan los androides con vicepresidentes ambiciosos? son algunos de los títulos de Dick en esta novela. Títulos, por cierto, prohibidos por el gobierno de Nixon (en la ficción).

Sin embargo os aseguro que si este autor os es desconocido, ello no plantea el más mínimo problema para la comprensión de la novela. Seáis o no admiradores de Philip K. Dick, si leéis este libro lo seréis de Bishop. 

viernes 13 de febrero de 2009

Forasteros

Aunque las obras teatrales encuentran su razón de ser en los escenarios, y se escriben para ser vistas por el público, su lectura es, a veces, la única manera en que podemos acercarnos a una de estas piezas. Cuando una obra teatral ya no está en cartel, leerla nos servirá, si no para sentir las mismas sensaciones que en un teatro, sí para apreciar su calidad y el mensaje que el autor intenta transmitir con ella. Y cuando la obra tiene no sólo el prestigio, sino el valor literario y humano que tiene esta, su lectura es casi imprescindible.

Forasteros (Sergi Belbel, Ed. Ñaque) es una obra compleja en la que la familia, el tiempo y las diferencias culturales son las protagonistas. Como en otras obras del autor, las relaciones familiares son la base de la obra. Pero estas relaciones las veremos desde dos perspectivas temporales. En la década de los 60 conoceremos a una mujer enferma, a su marido y a sus dos hijos. El abuelo completa esta familia medio burguesa que ocupa un piso sobre el que se ha instalado una familia inmigrante. La grave enfermedad de la madre catalizará la acción de este periodo. Pero a la vez conoceremos a esta saga familiar en pleno siglo XXI, donde los hijos que conocíamos son ahora los padres de sendos hijos, el padre es el abuelo, y de nuevo en el piso de arriba encontraremos un grupo de forasteros. Una vez más una grave enfermedad, esta vez de la hija, será el centro del drama. Y esta vez la presencia forastera no quedará limitada a los vecinos. En la casa conviven con una asistenta de otro país, que acaba formando parte inseparable de su historia.

Los cambios de una a otra época son continuos en la obra, y se van sucediendo cada vez con mayor frecuencia, hasta que parece no haber una separación clara entre las dos épocas en que transcurre la acción. Ello permite al autor realizar un juego de espejos donde los personajes se ven y se reconocen en otros, o en ellos mismos en otra época. Esta es una de las sensaciones que, aunque en el libro se puedan intuir, más impacta al ver la obra representada: el mismo actor que representa a un padre, cambia en instantes de registro y pasa a ser su hijo, cuarenta años después. Estos sucesivos cambios de interpretación acaban percibiéndose como un hecho casi mágico, dando la impresión de que los actores realmente desaparecen, apareciendo en su lugar otros que les sustituyen en un instante.

Forasteros habla de relaciones familiares, y también de cómo percibimos a los extraños, a los forasteros que vienen a vivir junto a nosotros. Pero a mi parecer, en la obra de Belbel es más importante la visión que tenemos de nosotros mismos. Los personajes, es evidente, se juzgan a sí mismos, revisan su vida e intentan proyectar sus conclusiones sobre los que le rodean. Los hijos no entienden a los padres, pero los padres no sólo entienden a los hijos, sino que se reconocen en ellos, lo cual les causa, quizá, el mayor de los sufrimientos. A todos les cuesta admitir lo que sienten, ante los demás y ante ellos mismos. Desde el hijo que no se atreve a demostrar cariño a su madre, hasta el que no se decide a hacer patente su condición de homosexual, pasando por el hijo que envía su padre al asilo de manera temporal, aunque tanto el padre como el hijo sepan que lo "temporal" de la situación no es más que una mentira piadosa: más piadosa, incluso, para quien la dice que para su destinatario.

Sergi Belbel ha triunfado en escenarios de varios continentes con sus obras. Algunas, como la que hoy os comento, han sido llevadas al cine. Si leéis Forasteros tendréis una idea del porqué de su éxito, pero no habréis visto más que un pedacito del lienzo que es su obra. Para conocer bien a Belbel es imprescindible leer Morir, Caricias, Después de la lluvia... Seguro que os hablaré de alguna de ellas en el futuro. De momento os animo a que leáis Forasteros, una obra que leeréis en menos de dos horas, y que os dará para pensar muchas más.

sábado 7 de febrero de 2009

Las luces de septiembre

Antes de que Carlos Ruiz Zafón alcanzase fama mundial y un éxito de ventas sin precedentes con La sombra del viento ya había publicado otras cuatro novelas, todas ellas dirigidas al público juvenil. En realidad marcar una frontera clara entre libros para adultos y libros para jóvenes (lo he comentado ya en otras ocasiones) parece difícil. Así, si en esas cuatro novelas la mayoría de los personajes son niños o adolescentes, también es un niño el personaje principal de La sombra del viento. Entonces, ¿por qué esta última no se considera una novela juvenil? Quizá porque en ella los elementos fantásticos y los seres sobrenaturales no tienen, ni mucho menos, el protagonismo que alcanzan en libros como Las luces de septiembre (Ed. Planeta).

El caso es que aquellas cuatro novelas (sobre todo las tres primeras), pasaron casi desapercibidas en su época por el gran público, pese a que ya con la primera, El príncipe de la niebla, su autor ganó el premio Edebé de literatura juvenil. Gracias a sus recientes éxitos de ventas, la reediciones de sus primeras novelas han proliferado, por lo que es muy sencillo conseguirlas en la actualidad.

Las luces de septiembre narra la historia de una familia que, tras la muerte del padre, se ve obligada a abandonar su hogar y viajar a la costa normanda, donde Simone, la madre, ha conseguido un trabajo como ama de llaves en la mansión Cravenmoore. Su dueño, Lazarus Jann, es un inventor y fabricante de juguetes que hará las delicias de Dorian e Irene, hijos de Simone, con sus artilugios y autómatas fantásticos. Al principio la familia se integra fácilmente en su nuevo hogar. Irene se hace amiga de Hanna, que también trabaja en la mansión, y conoce a Ismael, del que se enamorará rápidamente. Pero pronto una fuerza desconocida comenzará a desequilibrar la vida de todos los protagonistas.

Esta obra tiene todos los ingredientes que se le piden a las obras juveniles tradicionales: aventuras, misterios, seres sobrenaturales, y hasta un romance juvenil. Es, sin duda, una obra gótica, como todas las del autor, envuelta en una atmósfera lúgubre cercana a las de las novelas de terror, y en ocasiones se adentra en ese género, aunque se trate sobre todo de una novela de fantasía.

Es indudable que los lectores jóvenes disfrutarán de esta novela, pero no menos interesante puede ser para el lector adulto que conserve en su interior algo del niño que fue una vez.