sábado 5 de diciembre de 2009

Las siete pruebas

Uno de los géneros que más lectores atrae actualmente es, sin duda, el de la especulación histórica. Los hechos de la historia más o menos remota, convenientemente aderezados con buenas dosis de acción y fantasía, dan como resultado obras de ficción que atrapan y crean una sensación -a veces peligrosamente engañosa- de estar leyendo hechos reales. Autores que trabajen este género hay muchos. Aunque no sea el que más nos gusta, Dan Brown es el santo patrón de todos ellos, pero la lista es inacabable: Ken Follet, Katherine Neville, Ildefonso Falcones, Julia Navarro, y un largo etcétera. Otro género que también despierta pasiones es el de la especulación científica. El paradigma de este género literario tiene muchos paralelismos con el anterior: se toman hechos científicos reales, se les añade un toque de imaginación -que a veces entra de lleno en el terreno de la ciencia ficción- y se obtiene una obra fantástica pero inquietantemente verosímil. Aquí el gran maestro del género fue Michael Crichton, pero le acompañan otros como Clive Cussler o el propio Jules Verne.

Pues bien, el autor de la obra que hoy os comento, pertenece por derecho propio a los dos géneros que he mencionado. Las siete pruebas (Stel Pavlou, La Factoría de Ideas) conjuga lo fundamental de esas dos corrientes: una amplia base histórica, y una trama donde la ciencia y la genética tienen un gran peso. Y todo ello, como es imprescindible en una novela de este tipo, con grandes dosis de acción y de intriga. Intriga que se mantiene, literalmente, hasta la última página.

Stel Pavlou ya cosechó un importante éxito con su anterior novela, El códice de la Atlántida, donde también jugaba con la historia y la ciencia. Pero es en Las siete pruebas donde ambos mundos se funden de una manera completa. La trama nos sitúa en la actualidad, en la ciudad de Nueva York. Allí el detective James North se verá envuelto en una situación crítica al ser reclamado por un secuestrador que se ha hecho con algunos rehenes en el Museo Metropolitano de Arte. Lo enigmático del asunto es que el secuestrador parece conocer a North, ya que ha exigido su presencia identificándole por su nombre y apellido. North acude para intentar resolver el secuestro, sin saber que se va a ver envuelto en una peligrosa y desconcertante espiral de descubrimientos, peligros y amenazas que le afecta muy personalmente. Y es que el secuestrador desconocido, que dice llamarse Gene, no lo es tanto.

Gene (que corresponde a la palabra gen en inglés) y North tienen un pasado común, un pasado de muchos siglos. El fundamento de la novela es precisamente ese pasado que se remonta a la Antigua Grecia, donde Atanatos y Cíclades se vieron envueltos en la Guerra de Troya. Desde entonces han sido enemigos acérrimos y su lucha se ha mantenido durante siglos, hasta nuestros días. Si os estáis preguntando cómo han podido sobrevivir durante unos tres milenios, aquí es donde entra la parte científica. La tesis que Pavlou presenta en la novela es que la herencia genética transmitiría, no sólo los rasgos y caracteres físicos, sino también algo que es buena parte de la personalidad de cada uno de nosotros: los recuerdos, la memoria de toda una vida. Así, aunque los personajes mueran, sus descendientes todos sus recuerdos, lo que los convierte en una suerte de clones de su conciencia.

Así, con estos argumentos históricos, científicos y fantásticos, Pavlou construye una novela que se lee sola. Y es que la clave que atrapa al lector es que se centra en los dos personajes casi en exclusiva. La novela escudriña la vida personal y la historia de North y Gene (o de Cíclades y Atanatos) sin perderse en tramas secundarias ni alejarse por un momento de lo que realmente importa al lector: el avance progresivo pero inevitable hacia una confrontación cara a cara entre los dos rivales. Los únicos paréntesis son las sucesivas incursiones en el pasado que nos van mostrando poco a poco, como un mosaico que se va completando tesela a tesela, el pasado de los dos personajes. Y esa ruta histórica nos llevará por lugares y épocas de lo más variado, desde la Europa medieval a las antiguas Roma y Grecia.

El ritmo narrativo sería más que suficiente para atrapar a cualquier lector, pero pese a ello el autor no descuida las formas. Mientras que en las escenas actuales el lenguaje es directo y claro, al servicio de la acción y la intriga, el estilo cambia notablemente en los pasajes que nos remontan a periodos del pasado. En estas secciones Pavlou se recrea con una prosa mucho más trabajada, en la que se puede demorar más logrando una riqueza estilística poco habitual en este tipo de libros.

El resultado final es una novela de las que crean afición por la lectura. La acción continua, la intriga, y las dosis exactas de historia para no convertir la novela en un aburrido libro de texto, hacen que la lectura de las casi cuatrocientas páginas de Las siete pruebas, acabe antes de lo que el lector desearía. Sí, es de esos libros que te deja con hambre de leer más. Afortunadamente.