sábado 14 de noviembre de 2009

Desgracia

David Lurie está cómodamente instalado en su vida de cincuentón. Se casó dos veces, se divorció otras tantas, y tuvo una hija que vive lejos, en una granja en un lugar remoto y aislado de Sudáfrica. Ahora David vive solo, da clases en la universidad y parece tener la vida resuelta. Todo su mundo se tambaleará tras mantener una relación con una alumna de su universidad. Tras conocerse el hecho en la comunidad educativa, David será juzgado y conminado a arrepentirse, pedir perdón y aceptar un castigo moderado. Pero David no se arrepiente de lo que ha hecho, no ve nada malo en ello. Por lo tanto, sólo le queda abandonar la universidad y la vida que conocía hasta ahora.

Desgracia (J.M. Coetzee, Random House Mondadori) arranca con este suceso que fuerza a David a cambiar radicalmente de escenario y de modo de vida. Pero también fuerza al lector a plantearse el primero de los muchos interrogantes que se plantean en el libro. ¿Es éticamente aceptable que un profesor y una alumna (mayor de edad) mantengan una relación? ¿Se puede considerar abuso de poder? ¿Se debe entender como cualquier otra relación libre? Las visiones del asunto serán distintas dependiendo del implicado: David lo ve como algo natural, los responsables de la universidad como una aberración, los padres de la chica como un pecado... Y el lector, gracias a la ecuánime pluma del Premio Nobel autor de la obra, se siente tentado a decantarse por una u otra opinión dependiendo del momento.

No será este, como ya he dicho, el único dilema que se plantee en Desgracia. Cuando David se marcha a pasar una temporada con su hija descubre una realidad que le era ajena. Hasta hace pocos años, en Sudáfrica los blancos eran los amos de las tierras y los negros sólo podían aspirar a trabajarlas por un salario. Ahora el final del apartheid ha cambiado la situación, y ha restituido los derechos de los que se veía privada la población negra. Ahora pueden ser dueños de sus propias tierras, vivir en igualdad de condiciones con sus vecinos blancos. Se ha hecho justicia. Pero, ¿realmente es justa la nueva situación? David observa con preocupación cómo parece haber un sentimiento de revancha, un deseo de devolver parte del sufrimiento que durante tantos años sufrió una parte de la población de Sudáfrica. Y cuando sea su propia hija la destinataria del odio y el resentimiento, se preguntará qué puede hacer él para evitarlo. Para su sorpresa su propia hija será la que le pida que no haga nada. Ella parece dispuesta a consentir la venganza, como si estuviese convencida de que, en el fondo, merece un castigo por formar parte de la sociedad que cometió una injusticia que duró tantos años. David se atormentará con las preguntas que día tras día se acumularán en su mente. Le surgirán dudas sobre sus relaciones, sobre la justicia social y, sobre todo, sobre lo que debe hacer con su vida.

Desgracia no es un libro amable, todo lo contrario. Revuelve las tripas del lector, le sacude emocionalmente para que tome partido o, cuanto menos, reflexiones sobre cuestiones que solemos dar por sentadas, o que simplemente ignoramos. La maestría de Coetzee envuelve esas reflexiones en una historia dura, intensa y evocadora, y la adorna con una prosa literaria de primer orden.

Coetzee habla en sus libros de justicia social, pero también de elecciones personales. Del derecho de la sociedad a ser libre, pero también del derecho individual a serlo y, sobre todo, a buscar la felicidad. Todo ello da pie a una novela hechizante, pero revulsiva. Leer Desgracia deja huella. Es imposible no tomar partido, incluso rebelarse y sentir ira o frustración ante las situaciones a las que se enfrentan los personajes. Sin duda en esos momentos será bueno que el lector recuerde que Coetzee ha vivido y conoce en profundidad la situación política y social de Sudáfrica, por lo que lo narrado en esta obra, pese a ser una novela, tiene mucho de crónica de un país y una época que son muy reales, pese a que nos resulten lejanas.