domingo 4 de octubre de 2009

Estupor y temblores

Amélie Nothomb se retrata a sí misma en muchas de sus obras. Su pasado en Japón, y la peculiar y contradictoria relación de la autora con la cultura nipona planean en muchas de sus novelas, como ocurre en Estupor y temblores (Ed. Anagrama). En esta corta novela la protagonista es la misma Amélie, que con poco más de veinte años vuelve al Japón de su infancia para trabajar en la compañía Yumimoto. Con ese pretexto la autora urde una trama que le sirve para reflejar algunos de los elementos más característicos de la sociedad nipona.

Estupor y temblores es, ante todo, una radiografía de la vida laboral japonesa, de las grandes corporaciones perfectamente jerarquizadas en las que el escalafón, la interminable cadena de mando, es la pieza clave de la empresa. Jefes absurdamente autoritarios, órdenes sin sentido, empleados sumisos que acatan las órdenes ciegamente, son los ingredientes para obtener la empresa modélica. Durante su estancia en la empresa Amélie se verá relegada a trabajos absurdos que nada tienen que ver con sus capacidades, cada uno más degradante que el anterior, pero nadie, desde su superiora inmediata hasta el presidente de la empresa, harán nada por evitarlo.

Pero la novela de Nothomb no se detiene en el ámbito laboral. Va mucho más allá al radiografiar la sociedad nipona y tocar temas como el papel que en ella tiene la mujer o la consideración que merecen para los japoneses los que llegan de culturas occidentales. Y es este el tema que ofrece las mejores páginas de Estupor y temblores. La protagonista de la novela sufrirá toda clase de vejaciones por ser mujer. No es que la mujer tenga un papel secundario en la sociedad que retrata Nothomb; es que no puede jugar ningún papel. Le corresponde estar en un segundo plano y cumplir sus obligaciones a la perfección. Si lo hace, no tendrá ningún mérito, sólo habrá cumplido su estricta obligación, ahorrándose a sí misma y a su familia la vergüenza y el deshonor que se habría ganado de otro modo. Y si fracasa, nada podrá borrar su humillación salvo, quizás, el suicidio ritual. Amélie sufrirá las consecuencias de esta concepción de la mujer al ser humillada una y otra vez por sus jefes. Nadie le reconocerá lo que hace bien, pero los castigos por fallar la abocarán a trabajos denigrantes a los que ella se resignará, demostrando un carácter más fuerte del que se podría esperar de alguien tan joven. En nada ayudará a Amélie su procedencia belga. La cultura occidental, vista por los nipones con un rechazo casi xenófobo, será una mancha más en su historial. Como occidental que es, sus ideas parecerán siempre absurdas e indignas de una gran empresa nipona.

Estupor y temblores seguramente no es imparcial. No en vano es una narración en primera persona, desde la perspectiva única de su protagonista. Pero quizá por ello también sea tremendamente veraz. Y si bien es cierto que deben haber grados, y que las actitudes plasmadas en la novela tendrán matices diferentes, parece claro que la obra, al menos, dibuja fielmente los trazos bastos de una cultura para nosotros lejana. Puede que sea sólo un borrador, al que se le podrían añadir distintos colores e iluminaciones, pero la imagen final sería, irremediablemente, similar al esbozo previamente trazado.

Amélie Nothomb es una autora polémica, que no duda en dar una imagen inconformista y de enfant terrible en sus entrevistas y declaraciones. Pero su obra es, quizá precisamente por su carácter algo díscolo, franca y directa. Para bien y para mal, la autora no calla ni maquilla ninguna idea, lo que no hace sino aumentar el interés de sus novelas.