viernes 4 de septiembre de 2009

La ignorancia

Me parece curiosa la etimología de la palabra añoranza. El Diccionario de la Real Academia Española nos remite al término catalán enyorança. Cambiando de diccionario, y acudiendo ahora al del Grup Enciclopèdia Catalana, vemos que el verbo enyorar proviene del latín ignorare, es decir, ignorar, que tomó el sentido de 'ignorar dónde está alguien', para después adquirir el de 'echar de menos a alguien'. Es en esta identificación de la añoranza con la ignorancia en la que Milan Kundera encuentra el arranque y la justificación de esta novela. Y también su título.

La ignorancia de la que nos habla el autor es la del emigrante que, lejos de su país, de su gente, de su vida anterior, comienza a ser un extraño y, a la vez, un ignorante de su propia tierra. El exiliado ignora qué ocurre en su antigua casa, en su ciudad, en su familia. Pero, sobre todo, ignora qué habría sido de su vida si no hubiera elegido huir, quién sería ahora de su existencia si hubiera permanecido en el lugar que le vio nacer. De esa ignorancia surge el miedo a volver cuando las circunstancias permiten regresar al país de origen. Miedo, inseguridad, incerteza: nada hay más incierto que volver a un lugar del que ya no sabemos nada, y que no sabemos cómo nos acogerá. Por no saber, ni siquiera sabemos si nosotros seremos capaces de acoger de nuevo al que fue nuestro hogar.

En La ignorancia (Tusquets Editores) hay dos protagonistas. Irena huyó de Checoslovaquia cuando se produjo la ocupación rusa. Después de más de veinte años la situación ha cambiado, el régimen comunista ha caído e Irena podría regresara su país sin problemas. Pero ahora su vida está en París. Allí tiene a sus amistades, a su hija y a su pareja, Gustaf. El trabajo de Gustaf, sin embargo, le facilitará las cosas. Con oficinas y vivienda en París y en Praga, Irena podrá volver a su país de manera provisional, reencontrarse con su vida pasada y evaluar si está dispuesta a regresar definitivamente. Cuando Irena deje París, en el aeropuerto se encontrará con el otro protagonista de la obra, Josef, que como Irena dejó Checoslovaquia hace años, y como ella vuelve de manera provisional. Irena y Josef se habían conocido años atrás en Praga, y con esa excusa intentarán reencontrarse en esa ciudad. A lo largo de la novela asistimos a los intentos de Irena y de Josef por volver a conectar con sus familiares y con los que fueron sus amigos. Lo que deberían ser alegres reencuentros parecen situaciones forzadas, frías, que harán que los protagonistas se pregunten si están a tiempo de volver y, sobre todo, si realmente desean ese regreso.

La obra de Kundera reflexiona sobre las raíces, se pregunta a qué llamamos hogar o patria. Centra su mirada tanto en el emigrante como los que le rodean. El emigrante no sabe si pertenece a su país de origen o al que le acoge. Sus nuevos amigos, en su nuevo país, nunca lo considerarán como sus iguales. Su familia y antiguos amigos puede que le vieran como un desertor, como un cobarde o como un aventurero cuando se marchó. Si vuelve, quizá le vean como un fracasado, o simplemente como un extraño.

El placer de leer la escritura reposada de Kundera, sin sobresaltos y sin malabarismos argumentales, deja tiempo para la reflexión, para discutir con uno mismo los planteamientos que hace el autor sobre el fenómeno de la emigración. Una reflexión que en modo alguno acaba al terminar de leer la novela.