Al principio me pareció arriesgado: ¿otro libro sobre vidas cruzadas, otro puñado de historias en las que ciertas casualidades casi imposibles enredan las vidas de unos desconocidos hasta unir sus destinos? Pese a mis reparos me decidí a leer Divina providencia (Valérie Tong Cuong, Ed. Salamandra), no sé demasiado bien porqué. Quizá por tratarse de una autora de la que no había leído nada anteriormente -mi sed de nuevas voces en el panorama literario nunca se calma-, o seguramente por las cinco primeras líneas de la contraportada, que es lo que me lleva a leer un libro en el 90% de los casos.El hecho es que acerté con esta novela, porque pese a presentarse como una historia en la que convergen diversos personajes gracias al azar, contiene muchos más elementos, se mueve en el terreno del drama pero flirtea con otros como el thriller o la comedia negra. Incluso tiene algo de novela romántica, aunque me da a mi que la autora ha intentado camuflar esta faceta de su novela, quizá por el temor de que la pudiesen etiquetar de manera facilona.
Divina providencia nos va presentando personajes de manera paulatina. Marylou, secretaria de un jefe autoritario y maleducado, madre soltera de un niño de once años, teme perder su trabajo ya que lleva un gran retraso y le va a ser imposible entregar a su jefe unos documentos a tiempo para una importante reunión. Todo por culpa de un monumental atasco de tráfico, y después por un incidente en el metro, al parecer un suicidio. Por otro lado Albert, un arquitecto retirado, con una gran fortuna, y con un cáncer por el que seguramente no vivirá otro año, se dirige al notario para preparar su testamento. Prudence, una abogada muy competente pero a la que todos subestiman por su color de piel, está a punto de dimitir ante los abusos y desplantes de su socia. Tom, productor de cine, se plantea pedir matrimonio a la chica de la que está perdidamente enamorado. Todos estos personajes se verán involucrados unos con otros por una serie hechos que harán que sus vidas dependan entre sí estrechamente.
Lo que resulta sorprendente es que en una novela de apenas ciento cincuenta páginas, la autora sea capaz no sólo de presentar a los personajes principales, sino de relatar lo suficiente de la historia de cada uno de ellos como para comprender de dónde vienen, cómo han llegado hasta aquí, y el porqué de sus reacciones. Incluso se permite el lujo de ir introduciendo personajes secundarios, aunque no por ello prescindibles, que ayudan a redondear la historia. Pero lo que da cuerpo a la novela es la profundidad con la que se narra la situación de cada personaje, cómo se vive el drama personal de cada uno de ellos. Temas tan espinosos como una enfermedad terminal, la inminencia de la muerte, las rupturas y los abandonos sentimentales, el racismo o las relaciones entre padres e hijos se abordan no sólo con seriedad, sino también desde los diferentes puntos de vista que representa cada uno de los personajes.
Es cierto que puede parecer algo fantasioso que ocurran casualidades como las que sirven de enlace a las historias que cuenta esta novela, pero también lo es que se presentan como simples cadenas de causa y efecto. Seguramente lo que hace que la historia resulte poco creíble no es lo que en ella ocurre, sino que lleguemos a ver con claridad cuál ha sido la cadena de acontecimientos que ha provocado que un hecho suceda a otro. Quizá en la vida real ocurren sucesos tan extraños e inverosímiles como los que narra la autora, pero gracias a que casi nunca vemos las conexiones entre ellos, nos parecen mucho más cotidianos y creíbles. Ese es el mensaje que puede extraerse de la novela. Si alguien cree que controla su vida, que sabe exactamente lo que le ocurre y por qué le ocurre, quizá cambie de opinión cuando lea esta novela. Después de ver cómo cambia la vida de cada personaje por unas pequeñas coincidencias, es inevitable pensar en la fragilidad de la existencia, en lo fácil que resulta que una vida dé un brusco giro en una u otra dirección. La Divina providencia, el destino, el azar, o como le queramos llamar, tal vez no sea más que las pequeñas casualidades de la vida, encadenadas unas con otras.
Valérie Tong Cuong aún no es muy conocida en nuestro país, pero goza de un gran prestigio en Francia, y tiene ya media docena de novelas publicadas en ese país. Y creo que, a poco que las editoriales se decidan a traducir sus obras, aquí también gozará pronto del favor de miles de lectores.

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