sábado 3 de enero de 2009

El huerto de los cerezos

En mi anterior post os adelantaba que comentaría esta obra de Anton Chéjov, que en la edición de Alianza Editorial se publica junto con Las tres hermanas. Permitidme que antes de seguir os recomiende leer dicho post, si aún no lo habéis hecho.

El huerto de los cerezos es la última producción teatral de Anton Chéjov: se estrenó el mismo año de su muerte. Fue aclamada por el público y tuvo opiniones divididas de crítica. Quizá lo más llamativo fue que Chéjov no estuvo nada conforme con la dirección de Stanivlaski ni con el trabajo de los actores. Muchas de las críticas que recibió la obra coincidían con las del mismo Chéjov.

De nuevo los conflictos entre pasado y futuro aparecen en esta obra, como sucedía en Las tres hermanas. En este caso el pasado está representado por la propietaria de una finca, que intuimos última afortunada de una saga familiar acomodada. El hecho es que Renévskaya, la propietaria de la finca, ha tenido una serie de desgracias que han ido menguando su patrimonio. Así tanto ella como su hermano están a punto de perderlo todo. Los intereses de las hipotecas se van acumulando, y parece inevitable vender la finca, y con ello, despojarse del pasado, de la infancia, de la herencia familiar, y de un modo de vida en el que el trabajo no era necesario y se vivía de la posición heredada por linaje.

En este contexto, Lopáhin, propone una solución alternativa. Lopáhin es un hombre de negocios que asesora a la familia, pero desciende de campesinos, trabajadores pobres que precisamente fueron siervos de los antepasados de Renévskaya. Ahora Lopáhin es un hombre de éxito, pero conserva cierta inseguridad por su pasado y, a la vez, un carácter despótico de nuevo rico. La solución que propone Lopáhin a Renévskaya permitiría a la familia conservar la propiedad, pero a cambio de destruir su parte más emblemática: un bello huerto de cerezos que es celebrado en toda la región. Su idea es convertir el terreno en edificable, y construir casas de veraneo para los turistas. Lopáhin encarna en la obra, de esta manera, el presente que no se deja anclar por los vestigios del pasado, y que es capaz de romper con las tradiciones para encarar un futuro con valentía y ambición. Chéjov se adelanta varias décadas a su tiempo,  creando este personaje visionario, prototipo del promotor inmobiliario que en el siglo XXI podría haber sido el impulsor de otro Marina d'Or. Lo cierto es que en la obra le ven como un loco que no sabe lo que hace. Renévskaya se niega a que se destroce el huerto de los cerezos, que para ella representa su pasado, sus tradiciones y su rancio abolengo. Pero para otros personajes de la obra, la idea de Lopáhin es simplemente absurda. No creen que de la noche a la mañana cientos de personas vayan a alquilar casas de veraneo en una zona nueva, construida a tal efecto. Al final del tercer acto sabremos en qué queda todo, y cuál es la solución definitiva a los problemas de la familia. ¿Vencerá el tesón por aferrarse al pasado, o la arrolladora fuerza del futuro inevitable?

Pasado y presente, y un futuro incierto, son los protagonistas de esta obra que, pese a la intención del autor, es más un drama generacional que una "comedia alegre" (definición que dio el propio Chéjov de El huerto de los cerezos). La inclusión de esta obra junto con Las tres hermanas en un sólo volumen es un acierto de la editorial, ya que por cronología y temática, son dos obras complementarias.