Hace unas semanas os ofrecí el comentario de un libro de relatos de Anton Chéjov. Hoy vuelvo con el mismo autor, pero con una obra del otro género con el que brilló en la literatura: el teatro. Las tres hermanas (Alianza Editorial) se presenta, en la edición que os comento, junto con otra obra del mismo autor, El huerto de los cerezos, que será objeto de mi próximo post.Las tres hermanas es la obra teatral más extensa de Chéjov. Algunos críticos coinciden en que es, además, la de mejor factura. Corresponde a la última época del autor (se estrenó tres años antes de su muerte), por lo que también tiene algo de compendio del resto de su obra.
La trama transcurre en un pueblo cualquiera, en una provincia rusa. Tres muchachas huérfanas, Ólga, Másha e Irína conviven con su hermano Andréi, soltero al comenzar la obra, en la casa familiar. Llevan una vida monótona, sin alicientes, sin motivaciones, y casi sin esperanzas. La lejanía de la capital, donde una vez residieron, hace que las hermanas pongan sus esperanzas en Moscú. Al comienzo de la obra se hace patente que esperan regresar a la ciudad para que sus vidas encuentren nuevos alicientes, e incluso se intuye que el regreso será inmediato. Mientras tanto intentan sobrellevar el hastío como pueden: realizan trabajos que no les satisfacen, participan en enredos amorosos, y disfrutan de la compañía de los integrantes de un destacamento militar, único aliciente en el anodino entorno que rodea a las hermanas. Paralelamente la novia de Andréi, Natásha, se convierte en su mujer, y comienza a tomar el mando de la casa. Un mando despótico y cruel, que va sumiendo a las hermanas en una desesperación cada día mayor. Pasa el tiempo y Moscú cada vez parece más lejano. Las esperanzas de las muchachas se desvanecen, y el desánimo y la decepción se apoderan de la familia.
Chéjov nos brinda una reflexión sobre los anhelos humanos, sobre la esperanza y las desilusiones. Los personajes tienen brillantes monólogos en los que cada uno pone de manifiesto cuál es su método, casi diríamos que su trampa, para no ser vencidos por el desánimo. Hay quien va cambiando de objetivos al ver que los que se marcó son inalcanzables. Algunos aceptan a regañadientes su destino y lo intentan olvidar con la bebida. Otros simplemente cierran los ojos y se niegan a ver su infelicidad. Hay quien, incluso, sostiene que para las generaciones actuales es ya imposible alcanzar la felicidad, pero que con su esfuerzo conseguirán que generaciones venideras tengan una vida mejor. Cada cual, por lo tanto, inventa su propia mentira, para crearse una falsa sensación de felicidad o, por lo menos, para no sentirse absolutamente fracasado.
Sin desvelar el final, podemos adelantar que en el cuarto y último acto veremos las verdaderas caras de cada personaje, cuando a la mayoría de ellos se le acaben las excusas y las coartadas y tengan que afrontar la realidad.
Mención aparte merece el personaje de Natásha. Es seguramente el carácter mejor creado por Chéjov. Encarna la corrupción, la bajeza moral, la desgracia, si bien es cierto que Andréi es cómplice callado de su maldad. Sus intervenciones en la obra, aunque breves, son absolutamente reveladoras. Perdonadme la frivolidad, pero os confieso que leyendo la obra me la acabé imaginando con el rostro de Bette Davis. Si sois de los que no huyen de las películas en blanco y negro, ya sabéis a qué me refiero.
El teatro de Chejov, pese a que ya tiene un siglo de existencia, mantiene su vigencia hoy en día. La lectura de Las tres hermanas nos moverá, sin duda, a reflexionar sobre nuestro entorno. Quizá encontremos en la obra más puntos en común con la sociedad actual de los que pueden apreciarse a simple vista.

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