domingo 14 de marzo de 2010

Ordeno y mando

El peculiar estilo de Amélie Nothomb nos trae en esta ocasión una novela que, aunque tiene tintes realistas, no deja en ningún momento de evocar la fábula y la fantasía. Porque a pesar de que lo que se narra en esta historia podría llegar a ocurrir, la actitud de los personajes se nos antoja tan inverosímil que acaba por imponerse la idea de que la narradora ha forzado al máximo los engranajes de la imaginación, logrando una narración que no es sino una fantasía utilizada como metáfora de la vida, de nuestras vidas.

Ordeno y mando (Anagrama) arranca con un hecho sorprendente y que ya adelanta lo improbable del resto de la narración. Baptiste Bordave, un parisino que lleva una vida monótona y falta de alicientes, recibe en su casa a un extraño que llama a su puerta con urgencia. El desconocido dice haber tenido una avería con su vehículo y le ruega que le permita utilizar el teléfono para llamar al taller. Baptiste le permite hacerlo, sin pensar todavía muy bien en lo extraño de aquella situación. ¿Aquella persona que transita con un coche por las calles de París no dispone de teléfono móvil? O, en cualquier caso, ¿no hay cerca una cabina telefónica desde la que pudiera haber llamado para pedir ayuda? Pero a Baptiste no le da tiempo a hacerse esas preguntas, ya que mientras su atípico huésped está al teléfono, se desploma en el suelo. Cuando Baptiste se acerca a él, comprueba que ha muerto.

Baptiste, en lugar de reaccionar como sería de esperar, llamando a una ambulancia, decide indagar en la personalidad del desconocido. Encuentra su documentación y las llaves de su coche, un caro deportivo. Y el extraño resulta ser Olaf Sildur, un sueco que parece ser rico, muy rico. Y Baptiste siente en ese momento que se le está ofreciendo una oportunidad que no puede desaprovechar. En pocos minutos decide que asumirá la personalidad de aquel hombre que ha muerto en su salón. A partir de hoy será Olaf Sildur, y dejará que aquel cadáver sea descubierto, quizá semanas más tarde, con la esperanza de que crean que corresponde a Baptiste Bordave. Y aunque pueda parecer imposible, Baptiste asume realmente la vida de Olaf. Como Olaf se instala en una imponente mansión situada en Versalles. Y con su nueva personalidad convive con la esposa del verdadero Olaf. Una esposa que, ahora, es viuda sin saberlo.

Ordeno y mando es la historia de una persona a la que su vida le parece vacía, falta de valor. El destino le permite ser otro, y se apresura a aprovechar la oportunidad. Pese a no saber qué se encontrará, pese a parecer casi imposible que su plan funcione, se arriesga para vivir la vida de otro, una vida que le llenará. Y no es que Baptiste se sienta deslumbrado por el dinero, por la personalidad de un millonario que tiene mansiones y deportivos. Baptiste habría obrado igual si en lugar de un millonario hubiera muerto en su salón un indigente. El hecho es que a Baptiste cualquier vida que no sea la suya le debe parecer más interesante, más llena, más digna de ser vivida. Y Baptiste no es una excepción, porque la esposa de Olaf parece asumir este nuevo giro del destino con igual determinación y aceptación. Si Baptiste ha tomado la decisión de ser otro, ella ha visto cómo su rutina se alteraba, cómo su vida cambiaba sin que nadie le preguntase. De repente su marido no está, y en su lugar aparece aquel extraño. Pero la total aceptación de estos hechos parece dejar claro que tampoco ella se sentía bien con su existencia, y que un cambio de vida, casi de personalidad, es lo que más le apetece.

Amélie Nothomb habla en su última obra del sentido de la vida en minúsculas, es decir, el sentido que cada uno le encontramos a nuestra existencia. La falta de motivación, la monotonía, el vivir una vida que no nos satisface, nos hace anhelar otras vidas, otras existencias, aún cuando no sepamos ni remotamente lo que nos podrían deparar. Y, a la vez, Ordeno y mando es un ejercicio de prudente optimismo, porque la novela acaba siendo, si no una historia de amor, sí de un enamoramiento. El cambio en la vida de Baptiste, ahora Olaf, parece darle nuevos alicientes, nuevas ganas de vivir y sentir. Y el amor acaba por surgir en su vida cuando nada hacía presagiar que algo así sucedería.

Nothomb se aparta con su nueva novela de los claros rasgos autobiográficos que suelen impregnar sus obras para ofrecernos una novela de ficción, casi de fantasía, pero que habla de la realidad cotidiana de la insatisfacción y del anhelo de vivir una existencia que se nos antoja más emocionante que la nuestra. Una novela que, sin ser de lo mejor de la autora, merece una lectura que no ocupa más de dos o tres horas.

domingo 21 de febrero de 2010

Sólo tú puedes salvar a la humanidad

Ya os he hablado en otras ocasiones de Terry Pratchett, el veterano autor de novelas que mezclan humor y fantasía, pero hasta ahora siempre había sido para comentar libros de su saga de Mundodisco. El libro del que os hablo hoy no pertenece a esa amplísima serie, sino a otra mucho menos voluminosa y, hasta ahora, prácticamente desconocida en nuestro país: la saga de las aventuras de Johnny Maxwell. Desgraciadamente esta serie no ha podido escapar al maltrato que ha sufrido la obra de Pratchett a la hora de ser traducida al castellano. Sólo tú puedes salvar a la humanidad (Scyla Editores bajo el sello Timun Mas) es la primera de las tres novelas que tienen al pequeño Johnny como protagonista. Si la leéis y os acaba gustando, preparaos para la decepción. La segunda novela de la saga, Johnny and the dead, no cuenta aún con edición en castellano, aunque sí se puede disfrutar en nuestro idioma de la tercera -y por el momento última-, Johnny y la bomba.

En la novela que nos ocupa, Johnny Maxwell es una chaval que, como tantos otros, adora los videojuegos. Tiene un amigo, el Cojo, que le proporciona copias pirata de todas las novedades, y ahora le ha conseguido el juego del que todos hablan: Sólo tú puedes salvar a la humanidad. El juego parece otro típico mata-marcianos, pero lo que resulta incomprensible para Johnny es que al poco de estar jugando, los marcianitos dejan de luchar, y en la pantalla del ordenador aparece un desconcertante mensaje: "nos rendimos". Johnny empieza a sospechar que ocurre algo extraño cuando, al intentar jugar nuevas partidas, los marcianos no aparecen. No hay naves a las que atacar ni de las que defenderse. Además, otros jugadores que han comprado el juego empiezan a protestar masivamente por lo que creen que es una tomadura de pelo. Todos los jugadores, sin excepción, han visto cómo las pantallas del juego quedaban vacías, sin rastro de las naves alienígenas.

Pero Johnny va a estar poco tiempo sin enfrentarse al enemigo. En sus sueños se ve pilotando una nave y conversando con la capitana de los ScreeWee, la raza alienígena que ha desaparecido de la pantalla del juego. Son sueños demasiado reales, y por otra parte ningún jugador puede dar con los ScreeWee. Todo ello hace sospechar a Johnny que tal vez no se trate de un mero juego. Tal vez, una raza alienígena real está intentando evitar su destrucción a manos de miles de jugadores adolescentes que creen estar pasando un rato con un juego sin importancia. Johnny debe intentar descubrir si se está volviendo loco, o si realmente tiene en sus manos el destino de una raza de otra galaxia.

Sólo tú puedes salvar a la humanidad cuenta con el humor habitual de Terry Pratchett, pero ni mucho menos con el mismo grado de ironía y acidez con que escribe en la saga de Mundodisco. Las novelas de la serie de Johnny Maxwell parecen dirigidas a un público más joven y menos sagaz. En cualquier caso es una novela sencilla de leer, pero que seguramente sabrá a poco para los lectores que conozcan las novelas de Mundodisco. Es una pena que en una novela que, inevitablemente hace pensar en El juego de Ender, Pratchett no haya aprovechado ese filón para ironizar y hasta caricaturizar las novelas de ciencia-ficción.

En definitiva, si no sois muy exigentes y estáis dispuestos a conceder que Pratchett no es sinónimo de Mundodisco, podéis disfrutar con esta novela. Hay que decir en su favor que es una novela en cierta forma visionaria. Como ejemplo se puede citar el acierto que representa que, en 1992, momento en que se publicó la novela en inglés, Pratchett acertó a imaginar un juego global en el que todos los jugadores compartirían el mismo escenario en tiempo real.

sábado 13 de febrero de 2010

Obsesión

Alex Delaware es el personaje principal de más de una veintena de novelas escritas por Jonathan Kellerman, un consagrado autor especializado en intriga psicológica y tramas detectivescas. La característica diferencial en esta serie de novelas es que Delaware no es un policía o un detective privado, protagonistas habituales de este tipo de historias, sino un psicólogo que tiene su propia consulta pero que con frecuencia colabora con la policía. Este hecho da a esta serie una dimensión nueva, centrada en la personalidad, no sólo de los criminales, sino sobre todo de las víctimas.

Obsesión (La Factoría de Ideas) es una de las últimas novelas de la serie publicadas, y la última que ha aparecido en bolsillo en nuestro país. En ella Delaware se reencuentra con Tanya, una joven de diecinueve años a la que atendió en su consulta cuando era una niña. Pese a los años que han pasado, el psicólogo recuerda a aquella niña con trastorno obsesivo-compulsivo y a Patty, la mujer que la llevó a la consulta y que ejercía de madre, a pesar de que en realidad era su tía. Ahora Tanya acude al doctor Delaware para que le ayude a desentrañar un misterio. Patty ha muerto y ha dejado un inquietante mensaje a su hija. Sus últimas palabras parecían una confesión, y en ellas mencionaba la muerte de una persona cercana. A Tanya le obsesiona que su madre haya podido ocultar un terrible secreto durante los últimos años de su vida y quiere desentrañar el misterio que pueda esconderse tras las palabras de Patty. A partir de ese momento Delaware se servirá de sus contactos en la policía para poner en marcha una investigación.

La trama de Obsesión sigue las huellas de Patty escudriñando su pasado y recorriendo los lugares en los que vivió, y los posibles hechos delictivos en los que podría haberse visto involucrada. Pero la originalidad de la novela estriba en que no se parte de un asesinato que resolver. No se trata de averiguar qué delito cometió Patty sino de saber si realmente hizo algo reprobable o no. La incertidumbre pesa tanto sobre el lector como sobre la pobre Tanya, a quien su obsesión le hace reproducir los comportamientos compulsivos que la llevaron años atrás a la consulta del doctor Delaware. A medida que pasan las páginas de la novela se nos descubren personajes que se cruzaron en el pasado con las vidas de Tanya y Patty. Como en toda novela policíaca, aparecen asesinatos, pero la incógnita sigue siendo si Patty llego a tener relación con alguno de ellos.

La originalidad de la trama, el ritmo constante de avances en la investigación y la continua aparición de nuevos misterios logran lo que toda novela de intriga busca: que las más de cuatrocientas páginas de Obsesión pasen como una exhalación por las manos del lector. La novela se disfruta de principio a fin, y no ofrece tregua ni contiene capítulos tediosos de transición. La acción y la tensión son las constantes de Kellerman, y en esta novela ha logrado que absolutamente todas las páginas estén empapadas en ese elixir que le ha llevado a vender millones de libros durante más de dos décadas.

Un par de apuntes para terminar. Kellerman es un autor que da a sus libros un toque especial no sólo gracias a la importancia de la psicología en sus tramas. No voy a desvelar secretos, pero si queréis saber a qué me refiero, esperad a leer el último capítulo de Obsesión, y veréis que hay más de una forma de terminar una novela. El segundo apunte, lo dejaré en una sencilla adivinanza. Además de escritor, ¿sabéis cual es la otra profesión de Kellerman? Seguro que sí...

sábado 6 de febrero de 2010

Cuando éramos honrados mercenarios

Los libros pueden ser un divertimento, una evasión, compañía o cultura. Algunos, los buenos, son también una medicina. O un antídoto. La gran trampa de la sociedad actual, donde nos vemos envueltos por redes de datos, prensa, televisión, radio y charlatanes varios, es que nos sentimos tan informados que creemos tener una opinión sólida y bien fundamentada sobre cualquier tema, por peregrino que sea. Creemos saber todo lo que necesitamos saber, creemos tener razón en todo lo que pensamos y, lo peor de todo, pocas veces estamos dispuestos a cambiar de opinión, o a escuchar siquiera la de otro. Por eso, leer un libro como Cuando éramos honrados mercenarios (Arturo Pérez-Reverte, Alfaguara) puede ser un buen antídoto contra el fundamentalismo, y una medicina que ayude a nuestro intelecto a escuchar, razonar y ser lo suficientemente valientes como para plantearnos dudas sobre aquello en que creemos.
Es este, si no he perdido la cuenta, el cuarto volumen que recopila artículos de Pérez-Reverte. El conocido autor y periodista lleva más de quince años publicando una columna en un suplemento dominical. Si uno lee sus primeros artículos, recogidos en Patente de corso, encuentra algunas diferencias con los actuales. Se nota un mayor escepticismo, incluso más mala leche. El tiempo parece haber convencido a Pérez-Reverte de que algunos males de nuestra sociedad no van a poder ser erradicados, y eso le lleva a ser más radical e, incluso, lo que algunos llaman maleducado. Pero otras cosas no han cambiado. El autor sigue demostrando que para él no hay colores políticos, etiquetas ideológicas o doctrinas que valgan. Defiende sus ideas como Alatriste, a cara descubierta y con la espada -literaria, se entiende- en ristre. La suya es una opinión coherente e independiente, que no se cobija bajo siglas, logotipos o banderas. Por ello ataca con igual fiereza a políticos de uno y otro color, a nacionalistas de una u otra bandera, o a religiones de uno u otro dios.
Lo fascinante en una recopilación como esta, es que en un artículo uno puede identificarse totalmente con las ideas de Pérez-Reverte, y en el siguiente asombrarse y hasta indignarse ante una opinión absolutamente contraria a la nuestra. El autor reflexiona sobre la historia, la lengua, la literatura, pero también sobre el día a día, sobre la vida cotidiana de un macarra o un currante, sobre las vergüenzas de los políticos, y sobre la estupidez humana. Y dependiendo del tema que toque, uno puede asentir de manera entusiasta o negar con furia. Pero lo que uno no puede hacer,es dejar de leer. Porque aún cuando uno se pueda sentir ofendido -y no es difícil, dada la cantidad y calidad de epítetos que regala el autor-, la coherencia con que defiende su postura hace que se haga necesario seguir escuchando -leyendo, en este caso- con atención. Y es que defender una idea con valentía, sin tapujos, sin miedo a que siente mal, demuestra una integridad que siempre es admirable. Y cuando la sinceridad se alía con la coherencia, facilita el diálogo.
Mención aparte merece la calidad literaria de las páginas de este volumen. Cuando éramos honrados mercenarios es una pieza casi musical. Leer una prosa periodística de parecida calidad no es fácil en nuestros días. Asombra aún más que se pueda encontrar cada semana en un quiosco. La riqueza del léxico, la variedad de estilos, la genialidad incluso a la hora de insultar, y la ironía con que retuerce el lenguaje para convertirlo en un arma bien afilada, hacen de la lectura un placer adictivo. Si alguien tiene aún dudas sobre que un artículo periodístico pueda ser una obra literaria, le invito a que entre en una librería, tome un ejemplar de este libro, y lea el artículo titulado Atraco en Cádiz. Por sí sólo vale más que muchas de las novelas que se publican hoy en día.
El hecho de recopilar cuatro años de artículos en un sólo volumen tiene un efecto negativo, y es que los temas se repiten con demasiada asiduidad. A veces resulta molesta la insistencia del autor en algunas cuestiones. La lengua, el nacionalismo excluyente, el feminismo mal entendido, la desvergüenza de los políticos, son caballos de batalla que aparecen una y otra vez en los artículos de Pérez-Reverte. No hay que olvidar, para conservar la perspectiva, que los artículos que en este libro están a tres páginas de distancia, se publicaban con una semana de diferencia entre uno y otro. El condensarlos aquí puede dar cierta sensación de redundancia, pero también sirve para ver todos los matices que el autor es capaz de encontrar en un mismo tema.
Comparto algunas de las opiniones de Pérez-Reverte. Discrepo en otras muchas. Algunos de sus artículos llegan, incluso, a ofenderme ligeramente. Me da igual. Cuando éramos honrados mercenarios es uno de los libros con los que más he disfrutado últimamente. Y escuchar, de vez en cuando, opiniones que no nos gusten, puede hacernos pensar. Aunque uno no cambie de opinión, se enriquece escuchando a otros. El propio autor me brinda en bandeja el cierre de esta reseña. En su artículo Por qué van a ganar los malos cita esta célebre frase atribuida a Voltaire y que hoy hago mía: "No estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero lucharé hasta la muerte para que nadie le impida decirlo".

viernes 22 de enero de 2010

Sputnik, mi amor

Myû es una enigmática mujer de casi cuarenta años y está casada, pero pasa mucho tiempo lejos de su marido. Se dedica a los negocios de importación y exportación. Surime es una chica de veintidós años, soñadora, sensible y rebelde, que quiere ser novelista. Cuando conoce a Myû se enamora perdidamente de ella. Y el narrador y protagonista de la novela -del que el lector no llega a saber el nombre-, es un joven profesor y el mejor amigo de Surime. Pero él está enamorado de ella, aunque sabe que ese amor no podrá materializarse jamás.

Sputnik, mi amor (Haruki Murakami, Tusquets) gira en torno a estos tres personajes, tres voluntades, tres modos de ver y vivir la vida. Los tres coinciden en un lugar y un tiempo, pero en realidad nada les une, por lo que sus encuentros son realmente desencuentros. Son tres piezas que no encajan por más que lo intenten. Su infelicidad proviene de intentar encontrar en otros lo que saben a ciencia cierta que no les darán. Quizá, también, de no haber encontrado ellos mismos su lugar en el mundo.

Murakami crea con tres personajes y una trama sencilla pero muy bien urdida, una atmósfera intimista, donde desde el principio vemos a los protagonistas abocados al desencanto, a una vida incierta y nunca feliz, jamás plena. No es la primera novela en la que Murakami trata la soledad y la dificultad de alcanzar la felicidad, pero sí es en la que lo hace con mayor contundencia y concisión. Como en otras ocasiones, el recurso de la escritura en primera persona acerca al personaje del joven profesor, y permite al lector una identificación casi plena con él.

No faltan en Sputnik, mi amor, los elementos oníricos y fantásticos que en pequeñas dosis -como en esta novela-, o en generosas raciones -como en su última novela titulada El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas-, siempre están presentes en la obra de Murakami. En cuanto a la forma, no vamos a descubrir nada nuevo si hablamos de su excelente dominio de la técnica narrativa o de su uso del lenguaje, trabajado, cuidado al máximo pero sin excesos ornamentales. Los que conocéis a Murakami ya sabéis que trabaja cada página, cada párrafo y cada frase como si fuera, a la vez, un rico grabado y un sencillo haiku. Sí merece la pena mencionar, ya que a veces no se le da la importancia que merece, el excelente trabajo de traducción que han hecho aquí al alimón Lourdes Porta -una habitual ya de Murakami- y Junichi Matsuura.

Los incondicionales de Murakami no se sentirán defraudados con Sputnik, mi amor. Los que no hayáis leído nada de este autor, puede que os desconcierte que en una historia realista, perfectamente cotidiana, aparezca de repente un elemento onírico, un suceso fantástico o casi mágico. Sí, al principio es extraño, inquietante. Pero si se persevera acaba gustando, y mucho.

domingo 17 de enero de 2010

La mecánica del corazón

Ante todo, no os dejéis engañar por la portada. Sí, es un consejo que podría valer para cualquier libro, pero en este caso es especialmente importante. La mecánica del corazón (Mathias Malzieu, Mondadori) se ha editado en castellano con una ilustración ocupando portada y contraportada, una ilustración que presenta a dos jóvenes que intuimos enamorados. El tipo de dibujo, el color, y hasta la tipografía utilizada en el título evocan un cuento infantil, un cuento de hadas, una historia amable y alegre. Nada más lejos de la realidad. Se trata de una historia dura, en modo alguno enfocada al público infantil, y con un poso de tristeza y hasta de fatalismo. Y en la portada todo esto sólo se empieza a intuir si uno se fija en la cara del joven: una cara triste, seria, melancólica.

Por otro lado, La mecánica del corazón es una novela corta de corte clásico, buena factura y en la que es fácil quedarse atrapado. Ciertamente no está dirigida al público infantil. Algunos puede que la consideren incluso impropia para niños. Todo es opinable, pero los padres que no quieran que sus hijos lean una historia donde un niño cría a un hámster (regalo de dos prostitutas) al que llama cunnilingus, o donde se describe de manera más o menos velada algún que otro escarceo sexual harían bien en leer ellos el libro antes de pasárselo a sus retoños. Sé de un caso de padres ruborizados que, tras regalar a su hija el libro porque se había encaprichado de la portada, lo leyeron después que ella y se sintieron avergonzados. Aunque por otro lado la niña -que tiene nueve años- quedó encantada con el libro, y no hizo ninguna pregunta incómoda. Señal de que los adultos somos mucho más escandalizables que los niños.

El relato de Malzieu nos sitúa en Edimburgo en 1874. Allí nace Jack, un pobre niño al que su madre abandona en la casa de la doctora Madeleine, la comadrona que le ayuda a dar a luz. No es la primera vez que Madeleine se hace cargo temporalmente de algún bebé al que su madre no quiere por uno u otro motivo. Normalmente estos niños acaban siendo adoptados por algún matrimonio, pero Jack sufre un problema que hace que nadie le quiera por hijo. Y es que cuando nació, Madeleine se dio cuenta de que su corazón estaba prácticamente helado y siendo tan débil apenas resistiría, por lo que le colocó un reloj de cuco en el pecho para que ayudase a vivir al pequeño. Así, Jack se queda a vivir con Madeleine, y durante sus primeros años permanece prácticamente recluido en casa. Pero todo cambia un día en que, paseando por el pueblo, ve a una niña cantante de la que se enamora perdidamente.

La reacción de Madeleine no puede ser más alarmista. Reprende a Jack y le advierte de los peligros del amor para su frágil reloj, del daño que le puede causar. Pero Jack está decidido a volver a ver a la niña, y tras mucho insistir consigue que Madeleine lo inscriba en el colegio, donde cree que coincidirá con ella. Sin embargo en la escuela la niña no aparece, y en cambio se encuentra con otros niños crueles que se reirán de él y le humillarán. Y es que llevar un reloj de cuco en el pecho es ser diferente, y ser diferente acaba, muchas veces, en humillación y desprecio por parte de los demás.

La diferencia es uno de los temas de La mecánica del corazón. Otro es el instinto protector de los padres, que a veces se excede y se convierte en una cárcel que impide al niño desarrollarse normalmente. Pero el eje principal de la historia es el amor y lo que puede hacer con nuestro corazón -o con nuestro reloj de cuco, según los casos-. La novela es una auténtica fábula para adultos, que habla de amor y dolor como un tándem indivisible. Arriesgar, exponer el corazón, es necesario para amar y ser amado. Después, se obtendrá la recompensa o no. Y si no hay recompensa, habrá un corazón roto. La mecánica del corazón parece preguntarnos continuamente si estamos dispuestos a arriesgar, si creemos que merece la pena exponerse a sufrir cuando nadie nos asegura que consigamos ser amados.

Una fábula para adultos, un libro que tiende a la tristeza y el desencanto. Pero una historia muy bien contada -salvo algún anacronismo que hace chirriar de vez en cuando los bien engrasados engranajes de la novela- y que dista mucho del aspecto ingenuo de la portada con que se presenta. Sobre todo es una historia que atrapa en una atmósfera mágica, que transporta a otra época, y casi a otro mundo.

A falta de web oficial del autor, os recomiendo dos enlaces. El primero corresponde a la web oficial del libro en castellano; el segundo lleva a la página web de Dionysos, un grupo francés de música pop del que Malzieu es vocalista.

jueves 24 de diciembre de 2009

Flashforward (Recuerdos del futuro)

Desde que, hace unos años, leí El cálculo de Dios, me propuse seguir a su autor e intentar leer todo lo que se publicase de él. Como me suele ocurrir, sus libros quedaron una y otra vez en la lista de lecturas pendientes, hasta que supe de la reedición de su novela Recuerdos del futuro, ahora publicada con el título que lleva la adaptación televisiva que se está haciendo de la obra.

Flashforward (Robert J. Sawyer, La Factoría de Ideas) es una novela de ciencia ficción de las que crean afición por el género. Antes de nada quiero aclarar algo. Leer esta novela no os va a destripar la serie, ni va a quitarle interés; no va a revelaros el final de ninguna de las tramas, en parte porque ni los guionistas de la serie saben lo que va a pasar. Y porque, por otro lado, la serie es tan distinta argumentalmente a la novela que apenas existen personajes comunes.

Flashforward comienza en el CERN (Organización Europea para la Investigación Nuclear). Allí, Lloyd Simcoe está a punto de llevar a cabo un experimento con el LHC (Gran Colisionador de Hadrones). Junto a su compañero de investigaciones, Theo, y en presencia de varios colegas, entre ellos Michiko, la mujer con la que Simcoe planea casarse, está a punto de presenciar el momento en que, si tienen éxito, lograrán obtener el largamente perseguido bosón de Higgs. Si logran obtener la preciada partícula, el premio Nobel de Física estaría prácticamente asegurado. Pero justo cuando se inicia el experimento, Simcoe se ve transportado instantáneamente a otro lugar. Sin entender muy bien qué está pasando, se ve a si mismo en una cama, junto a una anciana. Durante aproximadamente dos minutos parece vivir una vida paralela, se ve a sí mismo varios años más viejo, y no parece tener control sobre sus actos. Pasados esos dos minutos se encuentra de nuevo en el CERN. Todos los allí presentes, sin excepción, han sufrido una especie de desmayo, una pérdida de consciencia que les ha hecho caer al suelo. La mayoría ha tenido una especie de sueño o visión de sí mismos en el futuro. La mayoría, pero no todos. Para algunos, aquellos dos minutos han sido un vacío inexplicable en el que no han experimentado nada.

Pocas horas después se conocen las trágicas implicaciones que ese episodio ha tenido a escala mundial. Toda la humanidad ha sufrido el mismo desvanecimiento en el mismo momento, lo que ha provocado millones de accidentes y muertes. También han sido millones los que han tenido esa especie de visión. Es más, los fragmentos del futuro que han vislumbrado diferentes personas, encajan perfectamente entre si, como si realmente todos hubieran visto un mismo futuro. Seguramente, el futuro que les espera a todos dentro de unos años.

Pero para los protagonistas de la novela, el incidente tiene consecuencias directas. Michiko, la pareja de Simcoe, sufre una trágica pérdida en uno de los muchos accidentes que se desencadenan. La relación entre Michiko y Simcoe no parece verse afectada por este hecho, pero la inquietud de Simcoe va en aumento cuando comienza a sospechar que la tragedia podría haber sido provocada por su propio experimento. Además, en su visión del futuro él aparecía compartiendo cama con una mujer que no era Michiko. Todo ello le hará plantearse si es buena idea casarse con ella.

El compañero de Simcoe, Theo, al principio no entenderá por qué él no ha tenido ningún tipo de visión del futuro. Pero pronto descubrirá la razón. Varias personas aseguran haber visto noticias sobre su el asesinato de Theo en sus propias visiones. Desde ese momento la existencia de Theo se centrará en descubrir todo lo posible sobre su futura muerte, el lugar y el momento en que se producirá el crimen, para intentar evitarlo.

La originalidad del argumento está en esta novela al servicio de las reflexiones que el autor realiza sobre la ciencia y la existencia. Por un lado la obra se pregunta dónde debemos poner los límites a la investigación, qué nivel de riesgo debemos atrevernos a asumir, y dónde debe estar el límite que no debemos traspasar. En este ámbito, la gran pregunta de Sawyer es, ¿realmente necesitamos investigarlo todo, saberlo todo, encontrar todas las respuestas? Por otro lado, la novela se plantea una cuestión mucho más filosófica, que seguramente todos nos hemos planteado alguna vez. ¿Somos dueños de nuestros destinos? ¿Tenemos, realmente, libre albedrío? ¿Están escritas nuestras vidas, o podemos cambiar nuestro porvenir? Las magníficas páginas que dedica el autor a estas cuestiones, incluyendo las teorías físicas más actuales sobre el concepto de tiempo, dan a la novela un plano trascendente que no todas las obras de ciencia ficción logran.

Como ya he aclarado, la serie de televisión basada en esta novela guarda pocas semejanzas con esta. La obra de Robert J. Sawyer parte de unas premisas claras, tiene un desarrollo lógico y sin trampas. Eso no quiere decir que no tenga emoción, suspense y sorpresas. Pero se agradece un desarrollo que siga el sentido común. La intriga se hace más intensa en la segunda mitad de la novela. La tensión por el desenlace de las diferentes historias planteadas hace que sea prácticamente imposible hacer una pausa en las últimas 150 páginas del libro. El estilo narrativo de Sawyer permite al lector situarse al lado de cada protagonista, verse en su misma situación, y sentir lo mismo que él siente. Esa característica, la de imprimir -paradójicamente- un realismo casi fotográfico a una narración de ciencia ficción, es para mi lo que distingue a Sawyer como un auténtico novelista de calidad.

Si no sois lectores habituales de ciencia ficción y os animáis a leer Flashforward, descubriréis que no todas las obras de este género son tópicas y predecibles. Originalidad, interés y calidad no están reñidas ni en este ni en ningún otro género, y esta novela es buena prueba de ello. Como dije al principio, Flashforward crea afición por las novelas de ciencia ficción. Es una lástima que pocas tengan su misma calidad.